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En la universidad pública española, dentro del área de sociología hay un total de 66 cátedras, de las cuales el 75% están ocupadas por hombres y el 25%  por mujeres, mientras que hay más alumnas universitarias cursando estudios de sociología que alumnos. Ese es uno de los datos que demuestran el sexismo de la sociología española. Sabemos que esa desigualdad es un hecho generalizado que afecta al conjunto de áreas de conocimiento y de nuestras universidades, lo que refleja la gravedad de la situación.  

A diferencia de algunas áreas, la sociología tiene como uno de sus principales ámbitos de trabajo los temas de género. A nivel internacional, la sociología está por delante en la superación de la desigualdad y de la violencia de género en su propio funcionamiento y relaciones. Eso no ocurre aquí como se demostró, entre otras ocasiones, en el silencio mantenido durante décadas ante el caso del catedrático con más denuncias y la colaboración de parte de la sociología en difundir las mentiras de los acosadores a las alumnas y becarias de la red de víctimas de VG de las universidades españolas y a quienes les han apoyado. 

El poder feudal de determinados catedráticos en la selección del profesorado, ha sido clave en mantener esa situación incluyendo la sumisión y colaboración de profesoras que publicaban sobre temas feministas. Pero también es de la sociología de donde han salido las primeras investigaciones científicas sobre los acosos sexuales en la educación superior logrando que el parlamento español obligara a las universidades a tomar medidas de prevención y transformando así las universidades españolas con el horizonte de que lleguen así espacios de violencia cero. Y en esta línea trabajamos cada vez más sociólogas y sociólogos avanzando hacia una reforma profunda no sexista de la sociología y de sus organizaciones, ya que tenemos la responsabilidad de transformar la sociedad tanto con la investigación basada en evidencias científicas como dando ejemplo de democracia y de lucha contra las desigualdades de género desde dentro.

Y, sin embargo, además del citado dato de desigualdad,  se supone que cabría esperar que en ámbito de sociología esta brecha entre el número de catedráticos y catedráticas fuera menor ya que gran parte de nuestras investigaciones y docencia tienen relación directa con temas de género o con la violencia de género. Campo, éste último, en el que se han hecho avances como destapar uno de los casos más importantes sobre violencia de género en la Universidad Española y donde se ha conseguido romper el silencio.  

Es decir, el área de sociología debería ser un ejemplo de igualdad para el resto de la Universidad y para la sociedad y, desgraciadamente no lo somos.  Una desigualdad que se da, no precisamente por falta de méritos, sino por un feudalismo universitario muy arraigado en la sociología académica y que ha generado sexismo y mediocridad. Ejemplo de ello es esta enorme diferencia entre el número de cátedras de hombres y mujeres. Por lo tanto, esta situación necesita urgentemente una reforma profunda que dé como resultado unas Instituciones más democráticas. 

Aunque por suerte, las cosas están cambiando en la Universidad  como, por ejemplo, en la lucha por romper el silencio para crear una Institución libre de violencia. Y a esta línea quiero unirme y proponer que es necesario una reforma profunda no sexista de la sociología y de sus organizaciones más que en ninguna otra área ya que tenemos la responsabilidad de transformar la sociedad no sólo a partir de la investigación basada en evidencias científicas sino dando ejemplo de democracia y de lucha contra las desigualdades de género desde dentro.

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