Como otros muchos, también yo he tenido que sufrir a lo largo de mi vida un discurso coercitivo para que pruebe la prostitución. Cuando usamos el lenguaje de la ética para negarnos a participar de esa esclavitud del siglo XXI, los puteros que nos rodean por todas partes se crecen. Enseguida, se auto presentan como libres y con sabiduría para disfrutar del sexo frente a nosotros, que se supone que desearíamos lo mismo que ellos pero que no nos atrevemos por prejuicios morales “judeocristianos” o por miedo a que se enteren las amigas feministas que, según ellos, nos tienen coartados.

A los que más me han presionado a lo largo de mi vida siempre les he dicho que, ya que sacan el tema del sexo, yo encantado de hablar de sexo con todo el detalle de que ellos sean capaces, que ya les adelanto que ya sé que no será mucho. Debajo de su aparente seguridad nunca tarda en aparecer una profunda inseguridad y frustración sexual y personal, además de un gran desconocimiento de cómo lograr la satisfacción sexual propia y ajena.  No es difícil demostrar que el discurso más coercitivo e insistente que recibimos al respecto no es el que denominan judeocristiano sino el de “probar” la prostitución y que, por lo tanto, los valientes somos nosotros y los cobardes son los que no se atreven a desobedecer a quienes los presionan y prueban.

Sin embargo, los que se auto presentan como más satisfechos son quienes más rehúyen hablar de verdad de sexo,  porque saben de sobra que nada de lo que dicen es cierto. Si me siguen presionando, les propongo que aclaremos por qué necesitan presionar; si se lo pasan tan bien, ¿por qué no se dedican a disfrutar y nos dejan en paz? Yo les digo que, por mi parte, lo tengo claro, que saben de sobra que quienes realmente lo pasamos muy bien con el sexo sentimos un gran rechazo a tenerlo con quien no lo desea tanto como nosotros.  Y por eso nos presionan, para evitar que lo pasemos mejor que ellos y seamos también mejores que ellos.

Hace tiempo, algunos de estos pesados puteros me preguntaban insistentemente por qué había gustado tanto a unas chicas que les gustaban a ellos, que cuál era mi truco. Yo les dije que mi truco era no tener truco, que lo que cuenta es la mirada. Uno preguntó: ¿y qué han visto en tu mirada? Contesté: entre otras cosas han notado, aunque de forma inconsciente, que nunca he sido ni seré putero. Tras una larga conversación, llegamos al acuerdo de que muchas chicas, si pueden elegir, prefieren tener relaciones con chicos que nunca hayan sido ni vayan a ser puteros antes que con otros que sí lo son.

Estos eran los que van de intelectualillos y decían eso típico del carácter biológico y animal del sexo frente a la represión de lo social. Al principio les había dejado sin contestar todas esas afirmaciones tan tópicas y que tanto me aburren, pero llegado a este punto, estaban tan seguros en sus pretendidas justificaciones científicas que tuve que entrar y explicar su error con citas de las principales evidencias científicas, algunas de los principales premios nobel de neurociencia. Por ejemplo, aquella cita de Kandel: Así, aunque se me ha enseñado durante mucho tiempo que los genes del cerebro gobiernan el comportamiento, dominadores absolutos de nuestro destino, nuestro trabajo muestra esto, que en el cerebro como en la bacteria, los genes también son servidores del ambiente. Están guiados por acontecimientos en el mundo exterior.

En fin, hay quienes sienten pena de esos puteros pesados por vivir esa frustración sexual y esa ignorancia intelectual. Pero yo no puedo sentir pena porque, a causa del mercado que crean cada vez que pagan por sexo, son arrastradas a la trata multitud de niñas generalmente pobres recortando su esperanza de vida y destruyendo su libertad.

Tags:
Secciones: portada

Si quieres, puedes escribir tu aportación