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El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha publicado recientemente un estudio sobre la prevención de la violencia contra las niñas en las escuelas titulado What Works in School-Based Prevention of Violence Against Girls?. Se trata de un análisis que reúne los resultados de 71 estudios sobre intervenciones educativas dirigidas a prevenir la violencia. Entre sus principales conclusiones, destaca, de forma clara, que las escuelas pueden desempeñar un papel fundamental en la prevención, especialmente mediante actuaciones que transforman las normas sociales y promueven la intervención activa de quienes presencian situaciones de violencia. Aunque los resultados muestran mejoras significativas en conocimientos, actitudes y comportamientos, las reducciones observadas en la prevalencia de la violencia son más modestas. Este trabajo supone una aportación relevante para orientar las políticas educativas, pero también abre una cuestión importante: ¿están incorporándose a estas revisiones todas las investigaciones que están contribuyendo a prevenir y superar la violencia de género desde las escuelas? 

En este sentido, resulta especialmente relevante la evidencia científica existente sobre el Modelo Dialógico de Prevención y Resolución de Conflictos (MDPRC), una actuación educativa de éxito que integra precisamente dos de los componentes destacados por la investigación internacional: la intervención activa de quienes presencian la violencia y la participación de toda la comunidad educativa. Entre las muchas investigaciones sobre el impacto que se deriva de su implementación, destaca un estudio centrado en la intervención del grupo de iguales dentro del MDPRC, que identificó su contribución a la prevención de la violencia de género mediante el posicionamiento de compañeros y compañeras que dejan de permanecer pasivos y actúan para apoyar a quienes sufren violencia, y a su vez también apoyan a quien decide ayudar a la víctima frenando la violencia de género aisladora. Asimismo, otras investigaciones constatan resultados favorables en el rechazo de la violencia y la desvinculación entre la atracción y los comportamientos violentos, así como en cómo el posicionamiento activo del alumnado ante la violencia, junto con la participación de las familias, el profesorado y otros miembros de la comunidad, favorece la identificación de situaciones de violencia de género, el rechazo de estas conductas y la creación de entornos escolares más protectores. 

Es por ello que, sin restar valor a las conclusiones del BID, es conveniente ampliar el diálogo científico e incorporar a futuras revisiones las investigaciones sobre el Modelo Dialógico de Prevención y Resolución de Conflictos e incorporar sus aportaciones. La investigación disponible señala el potencial transformador de la participación comunitaria, la construcción dialógica de normas de convivencia y el posicionamiento activo frente a cualquier forma de violencia. Avanzar en la prevención exige seguir contrastando qué actuaciones consiguen reducir efectivamente la violencia y en qué condiciones pueden transferirse y extenderse sus resultados. Incorporar las diferentes evidencias científicas disponibles permitirá ofrecer a los centros educativos herramientas cada vez más sólidas para construir escuelas en las que las niñas no solo aprendan a identificar la violencia, sino que encuentren una comunidad que se posicione, las proteja y actúe para impedir que se produzca.

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