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Harriet Hardy Taylor-Mill nació en Londres, en 1807. Participó junto con otras filósofas de una de las principales demandas, ya imparable, desde el siglo XIX: la igualdad de géneros. Trató las ideas principales de la Ilustración con un gran pragmatismo. 

Tuvo mucha suerte de conocer al filósofo John Stuart Mill, con quien se casó en segundas nupcias, hay que destacar el hecho de que él firmara un contrato matrimonial en el que renunciaba a todos los derechos sobre su mujer que se le conferían automáticamente con el matrimonio. La declaración de renuncia de John Stuart Mill era una protesta por la falta de derechos de las mujeres casadas. Este derecho del hombre no era tan sólo una práctica habitual en la época, sino que hasta lo exigía la ley.

Todo lo que Harriet Hardy Taylor-Mill escribió lo hizo o bien junto con John Stuart Mill o éste lo revisó y publicó después de su muerte. John Stuart Mill estaba plenamente convencido del gran talento de su mujer y siempre respetó su independencia de pensamiento. Ella influyó mucho en las ideas de él, especialmente en lo que respecta a la lucha por la igualdad de las mujeres.

En el texto escrito por Harriet Hardy Taylor-Mill, La sumisión de las mujeres, en 1869, hace un alegato contra la sumisión de las mujeres, aunque también pone de relieve la diferencia natural entre ambos géneros, lo que no significa un trato no igualitario ni en la política ni en la sociedad: «Las relaciones entre sexos están muy jerarquizadas, y los hombres establecen su poder a la vez que lo legitiman con fundamentos mitológicos, religiosos, ideológicos, filosóficos o científicos».

En la filosofía inglesa y norteamericana, la práctica siempre se sitúa en primer término. Harriet Hardy Taylor-Mill se adscribe igualmente a esta tradición. En su filosofía, no se trata de avanzar hacia alguna cosa que vaya más allá del ser humano. Se adentra plenamente en la vida cotidiana para observar dónde dominan las injusticias y reflexiona después sobre posibles soluciones.

Veía la mayor desigualdad de su época en el hecho de que no se hubiera alcanzado todavía la emancipación de la mujer.

Leamos unas palabras de su texto, La emancipación de la mujer:

«Sin embargo, cuando preguntamos por qué la existencia de una mitad de la especie debe ser meramente subsidiaria de la otra mitad, por qué cada mujer tiene que ser mero accesorio del hombre, sin que se le permita tener intereses propios, para que no pueda haber nada en el espíritu de la mujer que rivalice con los intereses y el placer del hombre, la única razón que se puede dar es que así lo quieren los hombres. Es agradable para los hombres que ellos vivan para su propio beneficio, y las mujeres para beneficio de los hombres; y los que tienen poder, consiguen que los súbditos consideren durante mucho tiempo como sus virtudes apropiadas aquellas cualidades y aquella conducta que agradan a los gobernantes».

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