Hay cada vez más jóvenes que triunfan como científicas no solo no limitando sino enriqueciendo todas las demás actividades de la pluralidad y dimensiones de sus vidas. Casi todas son muy conscientes de las desigualdades que han tenido que superar, pero no las explican de la forma que genera una nueva barrera a quienes son más jóvenes. Por el contrario, se presentan a ellas mismas o a otras como referentes de las actuaciones con las que han superado esas barreras y de lo que es necesario para que otras en el futuro ya no se encuentren con esas desigualdades.

El sábado pasado, en una extraordinaria representación de la ópera Tosca en el Teatro Sarriá, la soprano Garazi estuvo en el escenario como parte del coro. Es la misma que hace dos años se doctoró en la que entonces era (y ahora es) la primera universidad en educación. Desde la primaria, esta científica y música no ha renunciado a ninguna de las actividades que libremente decide realizar.

Una de las principales coacciones contra ese ejercicio de su libertad ha venido de otras mayores que ella, que trataban de “salvarla” de los supuestos horarios extenuantes y de las renuncias que le atribuían sin su consentimiento. Ella dice que su diferencia con ellas es que no se somete a dejarse esclavizar por series que no la apetece ver y elige dedicar ese tiempo y energías a los que libremente decide, tanto la música y la ciencia, como otras muchas actividades. Y afirma que si esas mayores estuvieran satisfechas con sus vidas y relaciones la dejarían en paz con las que ella decide tener y tiene.

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