Varias publicaciones en The Lancet han puesto de relieve un hecho inquietante: los hombres mueren antes, consultan menos a los servicios sanitarios y el suicidio sigue siendo una de sus principales causas de muerte prematura. En España, además, los datos más recientes muestran un fracaso en la reducción del suicidio a pesar de los planes y campañas emprendidos. ¿Por qué no estamos logrando mejores resultados?
Las investigaciones internacionales señalan que las normas culturales pesan en la salud de los hombres. Muchos evitan pedir ayuda por miedo a ser vistos como débiles, se refugian en el silencio o en conductas de riesgo —alcohol, tabaco, juego, violencia— y se aíslan en los momentos de mayor fragilidad. El artículo publicado recientemente en The Lancet sobre políticas de salud masculina en Reino Unido propone un marco 5R (Research, Reach, Respond, Retain, Relational) para rediseñar los sistemas sanitarios desde esta perspectiva: recopilar datos de calidad, llegar a los hombres en sus propios entornos, responder con servicios sensibles, retenerlos en la atención y actuar sobre las relaciones y determinantes sociales.
En este contexto, cobra relevancia el concepto de nuevas masculinidades alternativas (NAM), definido en investigaciones anteriores como una forma de masculinidad que combina igualdad y atractivo. Frente a las masculinidades tradicionales, las NAM rechazan la violencia y la doble moral, usan un lenguaje del deseo unido al de la ética y muestran que es posible ser valorado sin dominar ni excluir. Ya se ha demostrado que esta forma de masculinidad contribuye a prevenir la violencia de género y a generar vínculos más sanos.
¿Cómo puede esta idea potenciar también la mejora de la salud de los hombres? En primer lugar, porque normaliza pedir ayuda sin que eso reste atractivo o reconocimiento social, lo que puede favorecer que más hombres accedan antes a los servicios. En segundo lugar, porque fomenta redes de apoyo y pertenencia que protegen frente al aislamiento, un factor de riesgo clave en el suicidio. En tercer lugar, porque cuestiona la asociación cultural entre masculinidad y autodestrucción, debilitando narrativas explotadas por industrias como el alcohol o el juego. Y, además, porque impulsa una paternidad activa y relaciones igualitarias que repercuten positivamente en la salud mental de toda la familia.
No hay (todavía) estudios poblacionales que demuestren de manera directa que promover NAM reduzca suicidios o mortalidad masculina. Pero sí existe una lógica clara y coherente: si las políticas de salud integran estas formas de vivir la masculinidad en el marco 5R, podrían reforzar su alcance y efectividad. España, que no ha logrado reducir las cifras de suicidio, tiene aquí una oportunidad. Mirar a las masculinidades no como un obstáculo, sino como una palanca de cambio, puede abrir nuevas vías para cuidar mejor de la salud de los hombres y, con ello, salvar vidas.
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