En este artículo de opinión, Olga Elwes comparte, en primera persona, su reflexión sobre el impacto que el señalamiento público y el ciberacoso pueden tener en la comunidad investigadora. Desde su experiencia y análisis, defiende que la integridad científica es incompatible con el linchamiento continuado de compañeras, expuestas como una diana permanente en el espacio público de las redes sociales.
En junio de 2022, apareció una cuenta en X (antes llamado Twitter) con un logo en color azul celeste que presenta un libro abierto junto a una balanza de la justicia. Como habitual usuaria de esta red, empecé a seguirla con cierta curiosidad e ilusión. La oficina española de integridad en investigación es “una asociación dedicada a la asesoría y el apoyo mutuo entre investigador@s. Trabajamos para ofrecerte un espacio seguro donde compartir recursos y fortalecer la integridad en nuestra comunidad científica.” Con estas palabras se definen en su página web que puede consultarse aquí: https://oeintegridad.org/. Por lo que iba leyendo, denunciaban habitualmente abusos de poder en el ámbito universitario, plazas amañadas (siempre según su criterio) incluso hasta utilizando hashtags divertidos haciendo quinielas en abierto sobre quiénes aprobarían esas convocatorias y conseguirían puestos en la universidad o en centros de investigación de nuestro país. También compartían y comparten numerosas ofertas de trabajo y convocatorias públicas para educación superior, labor que siempre me pareció loable y muy útil.
No obstante, y siempre bajo mi punto de vista, desde que estallara a través de los medios de comunicación el caso sobre el profesor e investigador ya jubilado Ramón Flecha y todo el entorno del grupo de investigación CREA (Comunidad de Investigación sobre Excelencia para Todos, según sus siglas en inglés), originado en la Universidad de Barcelona, empecé a notar un cambio en su manera de actuar, que se evidenciaba incluso en el estilo comunicativo de la o las personas que manejen su actividad por dicha red. Al principio y como casi todo el mundo excepto cuentas trolls que todos ya conocemos, fueron algo cautos porque el asunto es tan amplio, complejo, dilatado en el tiempo según narraba la prensa, así como delicado, que nos sorprendió y escandalizó a no pocas personas del entorno universitario; en especial, a quienes nos dedicamos a Educación. Pero, conforme iban saliendo más y más artículos de prensa en diferentes diarios digitales, dicha asociación tomó claramente partido y dio un paso firme al frente. Incluso mucho antes de ser trasladado el caso denunciado a Fiscalía el pasado mes de diciembre, según un comunicado del propio rector de la citada Universidad de Barcelona. No faltaron tampoco otros usuarios de la red entrevistados por ellos en su podcast titulado El elefante en el campus, que exponían su particular visión de los hechos o experiencias pasadas con el grupo CREA. Mientras, yo escuchaba y leía todo lo que iba saliendo con tanta atención como sorpresa.
Personalmente, estaba perpleja con todo lo que se iba publicando a cuentagotas en prensa porque, aunque he conocido puntualmente en un curso de formación al investigado Ramón Flecha, para mí y otros era todo un referente en nuestro país respecto al modelo educativo de comunidades de aprendizaje, que valoro muy positivamente y al que estuve unida varios años en mi entorno (Rivas-Vaciamadrid, Madrid) como madre voluntaria de grupos interactivos y asistente, cuando podía, a lecturas literarias dialógicas tanto con alumnado de la etapa de Primaria como de la ESO. Y también profesionalmente como tutora de prácticas de estudiantado de mi Facultad que ha realizado las mismas en centros educativos comunidades de aprendizaje.
En mi opinión, todo se embrolló más aún cuando se publicaron algunos artículos sobre la cortina mágica, que es apenas una acción de dicha metodología educativa. Algunas familias catalanas se habían quejado y, a partir de ahí, se empezó a hablar de maltrato a la infancia por parte del entorno CREA y del catedrático acusado. E incluso de cualquiera que defendiéramos dicho modelo. Fue entonces cuando decidí mostrar públicamente mi apoyo en redes a los centros que son comunidades de aprendizaje, tratando de no mezclar mis propias experiencias, tanto personal como profesional, con el caso investigado. La oficina de integridad, como también me seguía en X, me preguntó por privado sobre la práctica de la cortina mágica y el club de los valientes. Los DMs que intercambiamos quedarán para mí, pero os aseguro que les expliqué cómo funcionaba todo pormenorizadamente. A mi lado, tenía a mi hijo matizando todo lo que les decía porque él fue alumno de un CEIP comunidad de aprendizaje y estuvo el tercer ciclo de Primaria (5º y 6º) en clase cuando se implementó dicha acción que consistía, básicamente, en aislar momentáneamente a cualquier estudiante que hubiera obrado mal. Parecido al rincón de pensar de toda la vida ¡vaya! Hasta que fuera el alumno o alumna en cuestión consciente del daño que había causado a algún compañero o compañera y pidiera perdón, siempre con el compromiso de que no se repetiría. Es decir, la técnica de la cortina mágica trata de hacer conscientes a menores de edad en la escuela de que, en ocasiones, actúan mal, hacen daño a sus iguales, consciente o inconscientemente, insultan, humillan o hasta incluso llegan a pegarse, etc. Hacerles conscientes, en consecuencia, de que el acto en sí está mal y que el gran grupo les aceptará siempre y cuando detengan dichos comportamientos disruptivos o violentos. Ni más ni menos que educar en valores y en respeto mutuo, así como ir aprendiendo a verbalizar sus errores en hora de tutoría y hacerse responsables de sus actos.
Todo ello les expliqué pormenorizadamente tratando de neutralizar o poner en cuestionamiento lo que estaba difundiendo (bastante sesgado o algo malintencionado bajo mi punto de vista) cierta prensa, que hacía, sin lugar a dudas, un daño generalizado a todo el modelo, a tantas familias que confiamos o hemos confiado en el mismo, a tantos y tantas voluntarias que hemos dedicado nuestro tiempo altruistamente, así como al alumnado que se desarrolla integral y felizmente en dichos centros educativos a lo largo de toda la geografía española. De poco sirvieron mis explicaciones desde la experiencia concreta porque justo a partir de ese momento (aproximadamente sería mediados de septiembre de 2025), la oficina española de integridad comenzó una campaña salvaje en redes contra compañeras del entorno de CREA, citándolas frecuentemente en X (desconozco si usan otras plataformas y replican sus mensajes) con sus nombres y apellidos, y requiriendo machaconamente a las investigadoras información sobre cosas que presumiblemente iban a ser judicializadas tal y como nos iban adelantando los medios de comunicación. De hecho, ellas han manifestado en varias ocasiones que deseaban que el asunto llegara a la justicia para poder explicarse y defenderse, así como para mostrar pruebas que afirman tener. En esto, no entraré porque lo desconozco y dada la gravedad de las acusaciones.
Pero no pasó sólo eso con la cuenta de la oficina, sino que a cada post que escribían dichas investigadoras en redes, aunque no tuviera que ver directamente con el asunto, intervenía haciéndoles más y más preguntas que ponían en entredicho constantemente su producción académica. En concreto, sobre comités de ética que habrían avalado o no sus publicaciones. Afirma en abierto la oficina que han escrito para recabar información a sus diferentes centros de trabajo y hasta al rector de la Universidad de Barcelona por diversos canales, aunque no les ha contestado; también que han hecho numerosas llamadas telefónicas, presentado escritos por registro de entrada y un sinfín de acciones para intentar esclarecer este caso. Ellos ¡cómo no! Esta asociación de ética e integridad que, por cierto, no es ningún organismo oficial, aunque el nombre que eligieron pueda llevar a confusión a cualquier profano. La OEII empezó, de esta manera, a posicionarse al margen o en paralelo de los procedimientos internos universitarios o bien queriendo adelantarse a los plazos judiciales. Y yo, cada día más atónita, que les tenía inicialmente respeto, confianza e incluso simpatía, leía todos aquellos tuits con los que exponían a compañeras de profesión (conviene aclarar que no conozco a ninguna de ellas, más allá de lo que leo frecuentemente en X), iba asombrándome cada día más con las menciones y tantísima sobreexposición, el tono insistente, y en ocasiones hasta chulesco, que empleaban, por parte de una asociación que nació para velar por el bienestar y la salud mental de los y las investigadoras, tal y como exponen en sus estatutos fundacionales. Sin ir más lejos, en el primer epígrafe que detalla el objeto y fines de la asociación. Y cito a continuación: “Promover una buena salud mental de todos los investigadores de cualquier categoría profesional y del personal técnico de investigación.” (artículo 6 a)
Hasta aquí, extraiga quien me lea sus propias conclusiones. Y me pregunto: ¿Qué les lleva a exponer a compañeras con tanto ímpetu e insistencia? ¿Acaso quieren descubrir algo que ni defensoría universitaria ni los procedimientos internos de la UB u otras universidades ni la Fiscalía de Cataluña serán capaces de averiguar o de desvelar? Sinceramente, no lo sé porque desconozco los detalles de esta tan desagradable y muy lamentable situación. Tan sólo he leído la prensa y a compañeras perfectamente identificadas en la red que niegan los hechos y, obviamente, no he leído nada en primera persona de las denunciantes porque ni sabemos quiénes son. Porque deben estar protegidas, estoy totalmente de acuerdo. Lo que me molesta, me enfada e irrita profundamente es la hiperactividad machacona de la cuenta en X de esta asociación que, hasta conmigo, ha tenido actitudes digamos demasiado demandantes o exigentes, llevándome al extremo discursivo para que diga abiertamente y a la vista de todo el mundo lo que ellos quieren oír y, por supuesto también, ignorando mi experiencia en comunidades de aprendizaje.
Así las cosas durante casi un año. No me gusta que una cuenta oficial y colectiva de una asociación cite a compañeras, no me gusta que escriban o llamen a sus centros de trabajo, no me gusta que, ante la mirada de sus cerca de 10.000 seguidores, siembren dudas o sospechas constantes sobre el quehacer profesional de compañeras docentes e investigadoras. No me gusta tampoco que critiquen o deprecien sus congresos o reuniones científicas. Ni, por supuesto, me gustan los retweets de los de siempre, pocos identificables con nombres y apellidos en esa red social. No me ha gustado, por supuesto tampoco, haber recibido yo misma ataques virtuales por defender y poner en valor las comunidades de aprendizaje que he conocido. Algunos tuiteros me han dicho verdaderas barbaridades que podrían ser denunciables, e incluso hace apenas unos días una cuenta anónima (o anonimizada) me dedicó una caricatura hecha con IA con una foto de mi cara real defecando en un baño pringado de heces por todas partes y rotulándola, afirmando que pertenezco a “la secta de CREA” (sic.). Nada más lejos de la realidad. En esa imagen, no sólo aparecía yo, sino también un compañero de secundaria total e igualmente reconocible que tampoco pertenece al citado grupo de investigación. Y prosigo: no me gustan las injurias y calumnias sobre mi persona ni sobre mi profesionalidad. Es más, aprovecho para recordar que son denunciables. Y tampoco me gusta, resumidamente, que los de la oficina se hayan obsesionado sobremanera con esas mujeres académicas. Supongo que no tendrá nada que ver que dicha cuenta la maneje un señor, docente de secundaria y, por lo que parece, poco conocedor del mundo universitario internamente, así como de los muy diversos contextos escolares donde se establecen dichos centros de aprendizaje de titularidad pública.
En definitiva, no me arrepiento de haberles explicado minuciosamente lo que es una comunidad de aprendizaje ni otros detalles que desconocían hasta hace bien poco. Lo que no me gusta (insisto), detesto y denuncio aquí y ahora es que hayan ejercido un linchamiento sistemático en redes sobre un asunto delicadísimo que está judicializándose y cuyo desenlace estamos deseando conocer. Veremos cómo acaba esta historia… De momento y a fecha de hoy, lo que se acabó es mi respeto por la oficina española de la integridad en la investigación por sus pésimas praxis dado que han incumplido, al menos, el objetivo principal para la que fue creada: cuidar de la salud mental de los y las profesionales que nos dedicamos a la investigación. Porque una cosa es denunciar hábitos detestables e indeseables en el ámbito de la investigación y otra muy diferente crear constantes sospechas respecto a artículos de compañeras sobre los que, como la propia oficina reconoce, aún no han recibido contestación ni oficial ni institucional. Su modus operandi tuitero en todo este asunto no ayuda en absoluto, sino más bien al contrario: enturbia y enfanga a toda la comunidad educativa e investigadora poniendo en la diana y plaza pública especialmente a mujeres. Generan igualmente, directa o indirectamente, más linchamiento y ciberacoso en X hacia ellas, que transitan por dicha red social con nombre, apellidos, centros de trabajo y perfil profesional desde sus cuentas personales.
¡Menos mal que esta asociación de ética e integridad se autodefine (y vuelvo a citar textualmente) como “un bastión dedicado a sensibilizar y combatir las malas prácticas en el ámbito científico, con el propósito de visibilizar y acompañar a las personas damnificadas”! (Léase: https://oeintegridad.org/index.php/sobre-nosotros/). Y que otro de sus planteamientos originales haya sido el de “abarcar la prevención de conductas abusivas (en fin), despóticas (más en fin) y manipuladoras (¡requeté en fin!), promoviendo la salud mental y la denuncia activa.” ¡Pues menos mal! Que, si no, qué sé yo… Opino que deberían hacérselo mirar urgentemente. O bien pasar una larga temporada en el rincón de pensar o detrás de la cortina mágica, como ellos prefieran.
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