Empecé como senderista con mi padre, que nos llevaba desde pequeños, en las vacaciones de verano, por sendas donde no nos cruzábamos con nadie hasta llegar a tesoros como una fuente, un árbol centenario o huellas y excrementos de animales (al verlas pensábamos que los animales nos miraban escondidos y eso multiplicaba la emoción). Nos enseñó a amar la montaña. 

Nacer al lado del mar hace que forme parte de mi vida. Dejaron huella como viajes emocionales los veranos de la niñez con mi hermano y mis primos y primas buscando juncos y mirando las libélulas en las dunas pequeñas que se formaban en la playa, haciendo castillos de arena de los que poco nos distinguíamos porque nos embadurnaban de Nivea hasta arriba y llevábamos arena hasta en las orejas. Todavía me gusta andar por una escollera de olas rompientes.  Y pasear por los muelles. Siendo adolescente me enamoré de los barcos de los pescadores de vela latina, pequeños, sencillos, preciosos. Mi Ítaca está tejida de instantes que han permanecido, fotograma a fotograma. Así que, en mi adolescencia y juventud, esperaba siempre lo mismo: poder andar por la montaña en cuanto podía y subir a una barca siempre que era posible.

Fotogramas como un flashback que recuperan a mi pandilla adolescente volviendo de las alquerías en Pascua, entre luciérnagas, y la primavera abriéndose paso, con el olor del azahar estallando y llenando nuestras casas. Crecer así tiene muchas ventajas para poder amar la naturaleza. Hace muy pocos días una noticia me impactó: en los incendios de Turquía una mariposa sedienta se acercó a beber agua de la mano de un voluntario de una ONG. La fragilidad, la vulnerabilidad resistiendo a la devastación. Los incendios en Grecia son escalofriantes, igual que las inundaciones y otros fenómenos naturales, en todo el planeta, relacionados con actuaciones humanas concretas como, por ejemplo, la deforestación de la Amazonia. Sigue habiendo grandes intereses económicos, que evitan que se cumpla con los ODS ligados al desarrollo sostenible y al cuidado del planeta para las futuras generaciones. También hay que hacerlo visible en el día a día, como una bióloga que ha explicitado, en las redes que a la población no nos llega mucha información para evitar el cambio climático, de la que sí dispone gente con poder para actuar, y mientras se pide a la población que se responsabilice de la desidia desinteresada de los/las poderosos o se cae en una información apocalíptica que obvia las soluciones que todavía tenemos, no se visibiliza a las empresas responsables de las grandes emisiones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, que tienen como una única finalidad que personas obscenamente ricas quieran serlo todavía más, y se encubre su papel en el desastre ecológico a costa del planeta y de la mayoría de sus habitantes.

Me diréis que también hay quien o anda por tresmiles o no anda. Es verdad. Y si les gusta, me parece genial. Son paisajes lunares, erosionados por el viento y la nieve. Pero  lo que me gusta más es andar entre árboles y arbustos, encontrar puntos de color salpicados por las flores, a veces hasta fresas silvestres y moras, chapotear en los ríos, comer en la hierba a kilómetros de cualquier lugar con restaurantes, al lado de una fuente de agua fría. 

También hay sendas preciosas junto al mar, que pasan por calas en las que, todavía, no hay nadie, ni chiringuitos de música estridente, ni aglomeraciones, ni motos acuáticas y patinetes sembrando el mar. Encontrarlas es gratuito y solamente hay que andar para llegar. Las GR son rutas maravillosas que, cuando las recorres, nos regalan espacio, tiempo, desconexión, felicidad.

La Encuesta de Hábitos Deportivos de los Españoles del Consejo Superior de Deportes muestra que hay muchos más deportistas que no compiten que los/las que sí que lo hacen. El senderismo es uno de los deportes que desarrolla la Federación Española de Deportes de Montaña y Escalada donde apenas hay competición. Y, según aportan los datos, hay muchas mujeres. De las 3.853 personas encuestadas, durante el verano de 2018 en la campaña Montaña Segura, en puntos de encuesta ubicados en el Pirineo Aragonés, el 54% de los encuestados son hombres y el 46% mujeres. 

Nada que ver con las colas enloquecidas de personas para  llegar a la cumbre del Everest que, en algunos casos, les ha costado la vida. Muchas de ellas ignoran lo que deberían encontrar en ese ascenso y, una vez coronada la cima, ya buscan otro reto que añadir a sus gestas, a sus selfies, sin acordarse más de la montaña.  Como ya se ha investigado, se ha industrializado el ascenso y en ese lugar, en esas colas, ya no hay montañeros y montañeras, hay clientes. La competitividad entre grandes fortunas por “conquistar” el espacio con viajes privados, con turismo interestelar, es otra muestra de este afán que no comparto. Incluso se habla de un hotel espacial para 2027, el viaje en total costará a cada turista  cinco  millones de dólares para una estancia de tres días y medio. Imaginad lo que se podría hacer en la Tierra con ese dinero, para salvaguardar el planeta.

 Todo es muy diferente a cuando en 1953, el neozelandés Edmund Percival Hillary y el sherpa Tenzing Norgay culminaron por primera vez la cima del Everest, la montaña más alta del mundo, 8.849 metros sobre el nivel del mar. En 1975, la japonesa Junko Tabei se convirtió en la primera mujer que culminó el ascenso. Ya en el año 1808 la francesa Marie Paradis se convirtió en la primera mujer en escalar la montaña más alta de Europa, el Montblanc, de 4.807 metros de altitud. Hay muchas más mujeres alpinistas y nada tiene que ver su pasión con las colas demenciales actuales en el Everest.

La lista de cosas que utilizan la naturaleza, pero no se acercan a ella, ni enseñan a quererla y a preservarla, podría ser mucho más larga, ligadas a otros problemas como al abuso laboral y la explotación de las personas que trabajan en grandes centros del turismo, por ejemplo. 

Cualquiera puede caminar por su ciudad, por su pueblo. Rebecca Solnit en Recuerdos de mi inexistencia (Lumen, 2021) escribe: “Caminar era mi libertad, mi alegría, mi medio de transporte asequible, mi método para aprender a entender los lugares, mi manera de estar en el mundo, de reflexionar detenidamente sobre mi vida y mi literatura, de orientarme. No estaba dispuesta a aceptar que tal vez fuera una actividad demasiado peligrosa, aunque los demás parecían más que dispuestos a aceptarlo por mí.” La violencia a la que se refiere la compensan muchas mujeres uniéndose para caminar o correr por la ciudad. Como nos recuerdan los versos de Machado en su libro Campos de Castilla, “ Se hace camino al andar”.

Desde el currículum escolar estaría bien recuperar a las grandes viajeras, como Egería  viajera y escritora hispanorromana del siglo IV que, según unas investigaciones  nació en la provincia romana de la Gallaecia, en Hispania, y según otras, en la comarca de El Bierzo, en la Gallaecia interior. Visitó, en un viaje que duró desde el año 381 hasta el 384, Egipto, Palestina, Siria, Mesopotamia, Asia Menor y Constantinopla. Un viaje al que podemos acercarnos actualmente desde libros como Itinerario (Maxtor, 2012) y  El viaje de Egeria (Laertes, 1994).

En otros libros se recogen también a todas estas mujeres:  Viajeras, Intrépidas y Aventureras, de Cristina Morato (Plaza & Janes, 2007), Viajeras de leyenda. Aventuras asombrosas de trotamundos victorianas, de Pilar Tejera (Casiopea, 2011), Mujeres viajeras. Historias extraordinarias y grandes aventuras en femenino (Prosegur, 2016), Las damas de Oriente: grandes viajeras por los países árabes, de Cristina Morato (De Bolsillo, 2019), Las reinas de África: viajeras y exploradoras por el continente negro, de Cristina Morato (Plaza &Janes, 2003), por ejemplo.

Son libros escritos sobre mujeres en muchos casos de otras épocas, que vivieron en un contexto con otras mentalidades, en ocasiones cuestionables desde nuestro contexto sociohistórico, pero todas debieron enfrentarse a convenciones sociales y, además, transgredirlas. Por ejemplo, podemos acercarnos desde Mis Viajes por Europa de Colombine , pseudónimo de Carmen de Burgos (La Catarata, 2021), a un modelo diferente de ser mujer. Colombine fue periodista, escritora, traductora y activista de los derechos de la mujer. Fue la primera periodista profesional en España en lengua castellana y la primera corresponsal de guerra. Y, además, víctima de violencia de género que demostró que se puede salir de ella. Tras la guerra civil, todos sus libros fueron prohibidos.

Para las niñas y niños existen publicaciones sobre estas mujeres viajeras, como los libros informativos Intrépidas. Los excepcionales viajes de 25 exploradoras, de Cristina Pujol (Pastel de Luna, 2018) o Las chicas van donde quieren: 25 aventuras que cambiaron la historia, de Irene Civico, Sergio Parra y Núria Aparicio (Montena, 2019), Freya Stark. La exploradora que llegó hasta el mágico mundo de Aladino (Salvat. Mujeres Extraordinarias), Gertrudre Bell.La gran aventura del desierto (Salvat. Mujeres Extraordinarias) o Amelia Earhart, de Isabel Sánchez y Maria Diamantes (Pequeña & Grande, 2016), entre muchos otros.

Porque viajar, conocer otras costumbres, nos ayuda a luchar contra el odio al otro-a, nos regala humildad porque en la naturaleza nuestra insignificancia es evidente y porque, cuando estamos en contacto con otras culturas, somos conscientes de que la diversidad nos enriquece y de que nos queda mucho por aprender. 

Nunca debemos dejar de viajar, aún cuando los límites nos lo impidan, porque la lectura, la música, el cine… nos han abierto las puertas para viajar en pandemia, nos han demostrado que también, desde casa, podemos seguir viajando. Cuando están entornadas las puertas, abrirlas de par en par es nuestro cometido si somos educadoras y educadores y defendemos una ciudadanía más crítica, más libre.

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