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La violencia sexual sigue siendo un problema de salud pública en la sociedad estadounidense y el ejército no es una excepción a sus graves consecuencias. Por ello, desde 2009 el grupo de trabajo del Departamento de Defensa sobre las agresiones sexuales en el servicio militar de Estados Unidos (Defense Task Force on Sexual Assault in the Military Services) trabaja para que se lleven a cabo una serie de recomendaciones con el fin de poder prevenir y dar respuesta a las agresiones sexuales en los diferentes cuerpos militares. En el año 2013 el National Sexual Violence Resources Center (NSVRC) elaboró la guía Sexual Violence in the Military, cuyo objetivo principal cometido principal es prevenir o actuar dentro del contexto militar ante cualquier situación de abuso, acoso o violencia sexual.

En esta guía se expone una visión del conjunto de la situación real por la que atraviesan las fuerzas armadas de EE.UU. en relación con la violencia sexual. Según muestra una infografía actualizada en 2017 como resultado de la investigación sobre el estado de la violencia sexual en las fuerzas armadas, de 20.500 personas militares que denunciaron haber sufrido una agresión sexual, 7.500 fueron hombres y 13.000 mujeres. En relación con este dato, la mayoría de los asaltos ocurrieron en instalaciones militares durante el trabajo o las horas de servicio y, generalmente, fueron cometidos por compañeros, también militares, de trabajo, otra persona militar o, en el caso de las mujeres, por una persona militar de rango superior.

 

De modo similar a lo que ocurre en la sociedad civil estadounidense, la violencia sexual es muy poco denunciada en el ejército y muchas víctimas que denunciaron abusos describen que fueron condenadas al ostracismo y culpadas por otros miembros del servicio. Los rumores y las historias sobre las experiencias negativas de otras personas supervivientes influyen en gran medida en las decisiones de las víctimas sobre denunciar o no lo que les ha sucedido.

La violencia sexual puede tener un impacto negativo en la salud y el bienestar de los y las soldados, sus familias y la comunidad militar en general. Las investigaciones han encontrado conexiones entre la violencia sexual mientras cumplían servicio en el ejército y diagnósticos de problemas de salud mental como ansiedad, depresión, trastornos alimentarios, abuso de sustancias y trastorno de estrés postraumático.

Así pues, se han establecido seis niveles para reducir los factores de riesgo que hacen posible la violencia sexual en el contexto militar, que son los siguientes:

  1. Fortalecer el autoconocimiento y las habilidades individuales.
  2. Promover la educación comunitaria.
  3. Dar la información necesaria.
  4. Promover redes de apoyo.
  5. Cambiar prácticas organizativas.
  6. Influir en la mejora política y legislativa.

Algunas de las vías establecidas, que son de rango informativo, de toma de conciencia y/o de ayuda para prevenir la violencia sexual y sus consecuencias, han sido establecidas a través de programas como el programa Sexual Assault Awareness Month, Safe Helpline y la página web Sexual Assault Prevention que han permitido cubrir aspectos como, por ejemplo, saber lo que constituye una agresión sexual y, del mismo modo, dónde y cómo denunciarla. 

Todas estas medidas parten del reconocimiento de que existe un problema grave que vulnera los derechos de la persona y que, por la salud personal y de la comunidad, requiere abordarse en todos sus aspectos y tomar medidas preventivas y correctivas. Esta guía aboga por procedimientos en los que se trabaje conjunta y comunitariamente para ofrecer recursos que apoyen sus esfuerzos de colaboración con el personal militar y así responder a las necesidades de las supervivientes y prevenir la violencia sexual. 

La propuesta del  Departamento de Defensa sobre las agresiones sexuales en el servicio militar de Estados Unidos podría convertirse en un buen ejemplo a seguir para proteger a los ciudadanos y ciudadanas de los cuerpos militares de otros países frente a cualquier abuso o agresión sexual.

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