Cuando empiezo a escribir este texto el plazo del confinamiento se ha extendido dos semanas más. Y a todo el mundo nos parece bien porque es necesario. Cerca de mi casa están construyendo el hospital de emergencia que ampliará las plazas del que ya existe. Tranquiliza. Inquieta. Todo a la vez. Eulalia Lledó nos recomienda la lectura del “Diario del sitio de Leningrado “de Lidiya Ginzburg, y hace una reflexión preciosa sobre la espera, el punto exacto en el que estamos. El largo confinamiento de un mes, nos avisan, puede causar estragos psicológicos, insomnio, nerviosismo, y por eso, nos recomiendan, debemos evitar la sobreinformación y tener rutinas cada día. Entonces pienso en mi tía Elvira la joven más trepidante que conozco con sus 92 años, que aún ahora nos hace reír a carcajadas en largas conversaciones telefónicas. 

Fue ella la que nos narró en directo la semana pasada la desinfección de las calles de Castelló por la UME que estaba viendo desde su ventana. Siempre informada, siempre estimulante. Está blindada en su casa, sola, para protegerla. Pienso en todos los demás ancianos y ancianas, y en su sabiduría acumulada por los años, también en los más vulnerables, que no tienen a nadie que les pueda cuidar, blindar, y en los que han mantenido durante la crisis a sus familias como madres y padres coraje.  Y también en las redes de apoyo ciudadano que están llevando alimentos a las personas mayores de su entorno y, en las medidas de emergencia social impulsadas por los ayuntamientos con personas mayores o en situación de dependencia. Y en el terrible problema visibilizado en las residencias de ancianos y en sus cuidadoras-es.

Agradezco infinitamente el esfuerzo del personal sanitario. Veo médicos jubilados que se reincorporan como voluntarios, siendo población de riesgo. Pienso en su calidad humana. Esta semana el personal sanitario aplaudió en el Hospital General de Castelló la primera salida de la UCI de una paciente, Isabel, con coronavirus. Ha podido hacerlo porque ellas y ellos estaban. Pienso en las personas que siguen al pie del cañón en los servicios de limpieza, en la desinfección de las ciudades, en las ambulancias, en los servicios mínimos, en los centros de salud, en las farmacias, en las tiendas de comestibles o en las que impiden que la gente salga de las ciudades para irse de puente como pasó en el de San José, las que reparten víveres y kits de higiene, las y los periodistas que nos informan. Días más tarde leo que un hombre de A Coruña pretendía lucrarse alquilando perros por internet para pasear. La semana pasada en Palencia un hombre paseaba un perro de peluche en Palencia y en otros lugares pasearon a sus cabras sujetas de cuerdas. Todas y todos los profesionales mencionados, mientras tanto, trabajando para la ciudadanía, arriesgando su salud, su vida, por nosotras y nosotros. Si eso no nos impacta ¿Dónde hemos dejado nuestra humanidad?. 

Pienso en las personas que se exponen repartiendo cosas innecesarias a otras personas, ¿realmente hay que arriesgarlas por frivolidades?. Y también pienso que, a pesar del estado de alarma, las personas donantes de sangre valencianas se han volcado y han superado las previsiones de donación. Este fin de semana se apagaron luces y se encendieron móviles y velas por todas las personas que han muerto por el coronavirus. Ojalá esta experiencia con la pandemia global haga que se creen medidas de prevención muy necesarias en el futuro y que, de una vez por todas, se empiece a valorar el trabajo de las y los investigadores, de la ciencia. Con lo que cobran los futbolistas de élite habría una legión de investigadores e investigadoras trabajando, porque ahora en España su sueldo medio es aproximadamente de 1.290 euros. En muchos casos bastante menos. Debería hacernos reflexionar sobre la importancia de las cosas. 

Mis amigos y amigas me arropan. Hablo con Luis, que está en una ciudad devastada por el virus y, a pesar de eso, me regala entereza; Rosa, su mujer, cada día pasa un montón de horas animando a través de video llamadas a los niños y niñas de su clase de tres años y a sus familias. Y Patricia me regala estas palabras:  ”pienso que las metáforas de guerra, disciplina, resistencia y lucha de estos días nos sumen en un estado de shock que, personalmente me anula y me aleja. No se trata de luchar, se trata de cuidarnos”, y señala que “las casas están llenas de palabras y de abrazos y de historias y creo que es tiempo de cariño y de cuidado y no de lucha”. Tejemos redes, no nos enfrentamos a nadie más que al virus. Tampoco quiero que todos los días sean lunes, necesito a los seis días restantes y, por eso, los voy tachando en un calendario de papel con un bolígrafo, porque me ayudan a pensar que ya estamos más cerca del final, cada tachón significa que habrá un día en el que nadie morirá, en el que nadie enfermará por el virus, significa esperanza, significa reencuentro con las personas de mi familia que no están en casa, significa recuperar esas cosas cotidianas que implican libertad.

Se activan mecanismos de protección para las mujeres maltratadas en confinamiento como la creada por el ICI (Instituto Canario de Igualdad) tras el decreto de alarma, “Mascarilla 19”, palabras con las que alertan en su farmacia de que están sufriendo violencia de género y hace que se inicie el dispositivo de emergencia para mujeres agredidas, y enseguida farmacias valencianas y de otras autonomías se unen a la propuesta. En Cataluña las cifras indican que en el teléfono de la Generalitat del 16 al 21 de marzo ha habido 196 llamadas, un 20% más de lo habitual. Nuevamente una evidencia clara contra los y las negacionistas de la violencia de género. 

 A pesar de activarse las clases on line para aprovechar académicamente el confinamiento, no todo el mundo podrá acceder a ellas, sobre todo en los colegios más afectados por la exclusión social. Ya lo sabíamos, no nos viene de nuevo.  Existe una brecha digital que también visibiliza la pandemia, como tantas otras, porque aunque la pandemia nos afecta a todo el mundo, no afecta igual a todo el mundo. No, no lo hace. 

Pascual nos manda un artículo del científico Vicenç Navarro, que ha sido asesor en reformas del sistema de salud en diversos gobiernos del mundo y también asesor de la OMS, en el que aporta las conclusiones de una reunión telemática que los/las expertos de la Internacional Association of Health Policy, de diversos lugares del mundo, realizaron hace unos días para analizar qué respuesta estaban dando países de diversos continentes a la pandemia, con la finalidad de ayudar a resolver la crisis social que lleva implícita. El resultado es demoledor, no solo no se había hecho caso de los estudios de investigación que hasta 2018 se habían realizado advirtiendo del peligro sino que, además, muchos países implementaron políticas públicas que deterioraron y debilitaron el sistema de protección social de quién más lo necesitaba. También ignoraron que el problema no sería la falta de recursos, sino las enormes desigualdades en la disponibilidad de esos recursos. Lo más triste, lo repugnante, es que en esos países esas políticas, evidencia Navarro, “representaban los intereses minoritarios de grupos económicos y financieros que antepusieron sus beneficios particulares al bien común. La evidencia empírica que apoya esta tesis es abrumadora”. Todo ello refuerza la desigualdad y debilita la democracia.  Y sigue defendiendo la necesidad de primar el bien común y no intereses particulares. Y en el futuro la respuesta colectiva a los problemas públicos para evitar nuevas pandemias y trabajar por una sociedad justa. Y añado estas evidencias científicas de los efectos del neoliberalismo a la larga lista que no debemos olvidar.

Investigadoras e investigadores de la UPV, del Centro de Tecnologías Físicas, muestran la disminución de dióxido de nitrógeno, un importante indicador de la calidad del aire, durante las últimas semanas en las principales ciudades españolas, tras las medidas decretadas como consecuencia del COVID-19, una media de un 64%, disminuyendo ostensiblemente la contaminación atmosférica. En mi ciudad ha disminuido un 76%. Cuando esto pase será necesario revisar si, en una ciudad pequeña, es necesario ir a todas partes con el coche. También se deberá rediseñar en todas las ciudades un transporte urbano eficiente en recorridos y horarios, sostenible, al servicio de la ciudadanía, que ayude a disminuir, definitivamente, la contaminación.

Y una muy buena noticia, una empresa de 3D de Castelló ha empezado a fabricar adaptadores para hacer respiradores no invasivos a partir de máscaras integrales de buceo.  También los informativos nos han anunciado que ya hay vacunas contra el coronavirus en la fase de prueba en humanos, para evitar en el futuro otra pandemia como esta. Ana Toledo nos recuerda que en China lo primero que hicieron, cuando se identificó el primer brote de coronavirus, fue publicar en internet toda su composición genética, y esta información ha permitido que se secuencie un gran número de muestras en todas partes del mundo para estudiar cómo se extiende el virus y la velocidad de la propagación y poder prever el número de personas infectadas. Nos recuerda nuevamente la importancia de la ciencia, y de la ciencia colaborativa.

En estos cinco días han ocurrido muchas cosas. Eduardo Galeano escribió (1998) : ”El mundo al revés nos  entrena para ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa, nos reduce a la soledad […] el mundo al revés nos enseña a padecer la realidad, en lugar de cambiarla”. Eso es exactamente lo que hace el neoliberalismo. Ojalá no seamos una ciudadanía tan estúpida como para no aprender de lo que está ocurriendo, porque en la solidaridad, en la transformación de todas las desigualdades, reside nuestra esperanza de futuro, el de todas y todos sin dejarnos a nadie atrás.

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