La guía Guidance on the Safe and Ethical Use of Technology to Address Gender-based Violence and Harmful Practices: Implementation Summary, publicada por UNFPA en marzo de 2023, sitúa un debate decisivo de nuestro tiempo: cómo aprovechar el potencial de la tecnología para apoyar la prevención y la respuesta ante la violencia de género sin reproducir nuevos daños. El documento parte de una idea clave: en un contexto de rápida digitalización y aumento de la violencia facilitada por la tecnología, no cabe innovación que no sea desde la ética, la seguridad, la privacidad y el principio de “no hacer daño”.
Una de las principales aportaciones de la guía es que rompe con la lógica tecnológica de “ir rápido y arreglar después” y la sustituye por una mirada centrada en las supervivientes. Propone que toda intervención digital en violencia de género se base en principios muy claros: enfoque survivor-centred, consentimiento informado, transparencia, participación de las usuarias, derechos, igualdad de género, minimización de datos y seguridad desde el diseño. Esta aportación se apoya en estándares internacionales que consideran especialmente sensible cualquier dato vinculado a la violencia de género, ya que la identificación directa o indirecta de una superviviente, así como cualquier brecha de confidencialidad, puede aumentar el riesgo de represalias, nuevas violencias, estigmatización y otros daños. Por ello, la guía insiste en estos tres factores: minimización de datos, el consentimiento informado y la privacidad desde el diseño como condiciones básicas de cualquier intervención tecnológica.
La guía también muestra que la tecnología sí puede ayudar a prevenir y reducir la violencia cuando está bien diseñada. Por ejemplo, puede ampliar el acceso a servicios e información para quienes no pueden acudir presencialmente, facilitar apoyos remotos, mejorar la calidad de la atención, reforzar la coordinación profesional y difundir mensajes que transformen normas sociales dañinas vinculadas, como el matrimonio infantil o la mutilación genital femenina. Además, subraya que estas soluciones pueden contribuir a cerrar la brecha digital de género y a construir tecnologías más inclusivas, pensadas desde las voces de mujeres y niñas, en lugar de dejar fuera sus necesidades.
Especialmente interesante es su propuesta práctica: una hoja de ruta con análisis riesgo-beneficio, evaluación de costes a largo plazo, investigación participativa, pruebas sistemáticas con usuarias, revisión constante del consentimiento, controles de seguridad y seguimiento durante toda la vida del proyecto. La guía insiste en medidas concretas que pueden salvar vidas, como no recoger datos identificativos si no es imprescindible, prever amenazas de parejas violentas o grupos opresores, incorporar funciones discretas de protección y mantener apoyo y supervisión continuos tras el lanzamiento. En este sentido, la guía abre una oportunidad para impulsar prácticas que protejan de forma más efectiva a las niñas y las mujeres, incorporando salvaguardas, participación y criterios éticos que hagan de la tecnología una aliada en la prevención y la respuesta frente a la violencia de género.
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