Lucy Burns // Britannica

Lucy Burns nació en Brooklyn, el 28 de julio de 1879. Sufragista y defensora de los derechos de las mujeres. Fue una activista apasionada tanto en los Estados Unidos como en el Reino Unido.

Lucy Burns estaba frente a la Casa Blanca sosteniendo una pancarta. No pedía nada “radical”, ni amenazaba a nadie. Simplemente citaba al propio presidente Woodrow Wilson: «Lucharemos por las cosas que siempre hemos llevado más cerca del corazón: por la democracia, por el derecho de quienes se someten a la autoridad a tener voz en su propio gobierno.» La policía la arrestó por ello. Le esposaron las muñecas a los barrotes de la celda, por encima de su cabeza, y la dejaron así toda la noche por devolverle al presidente sus propias palabras, en  Washington, D.C., junio de 1917. El cargo por el que la detuvieron fue por obstrucción del tránsito.

Lucy Burns no estaba obstruyendo el tránsito. Estaba exigiendo que las mujeres estadounidenses tuvieran los mismos derechos que el presidente decía que Estados Unidos defendía en Europa durante la Primera Guerra Mundial. Quería que las mujeres tuvieran voz en su propio gobierno: exactamente el principio por el que Woodrow Wilson afirmaba que valía la pena enviar a soldados a morir. Al parecer, ese principio sólo aplicaba a los hombres.

Lucy Burns y su compañera sufragista Alice Paul habían fundado el National Woman’s Party y organizaron a las «Centinelas Silenciosas» (Silent Sentinels): mujeres que se plantaban frente a la Casa Blanca en protesta silenciosa, seis días a la semana, lloviera o hiciera sol, sosteniendo pancartas que exigían el derecho al voto.

Durante dos años y medio, estuvieron allí. En silencio. En paz. Implacables. Y Estados Unidos las castigó por ello. Lucy Burns fue arrestada seis veces. Pasó muchísimo tiempo en la cárcel. Pero fue su sexto arresto —en noviembre de 1917— el que mostró hasta dónde estaba dispuesto a llegar el gobierno para quebrarlas.

El juez quiso dar un escarmiento con Lucy Burns y Alice Paul. A ambas les impuso la pena máxima: seis meses en el Occoquan Workhouse, en Virginia. Lo que vino después se conoció como la «Noche del Terror», el 14 de noviembre de 1917. Lucy Burns llegó a Occoquan con otras prisioneras sufragistas. El superintendente, Raymond Whittaker, las esperaba con decenas de guardias. Ordenó que las maltrataran. Las golpearon. Las empujaron contra paredes. Les retorcieron los brazos. Las arrojaron a las celdas con tal violencia que algunas quedaron inconscientes. Se les negó atención médica.

Lucy Burns, como una de las líderes del grupo, fue señalada para un “trato” especial.

En la celda de enfrente, las demás mujeres la miraban con horror.

Y entonces, una por una, se levantaron. Alzaron sus propias manos por encima de sus cabezas y se quedaron así, de pie, en solidaridad con Lucy Burns durante la noche. Pero la tortura no terminó ahí.

En protesta por los abusos y las condiciones horribles, Lucy Burns y las demás iniciaron una huelga de hambre. Pero hubo algo con lo que el gobierno no contó: la prensa. La noticia de la «Noche del Terror» se difundió. La gente se indignó. 

A comienzos de 1918, el presidente Wilson empezó a pedir al Congreso que avanzara con urgencia hacia el sufragio femenino, presentándolo como necesario en tiempos de guerra.

Dos años después, en agosto de 1920, se ratificó la Decimonovena Enmienda.

Por fin, las mujeres pudieron votar.

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