imagen generada por IA (DALL·E / OpenAI). Obra original: Alice’s Adventures in Wonderland, Lewis Carroll (dominio público).

Artículo de opinión, invitada Elisabeth Torras

Uno de los pilares de las democracias en las que las feministas hemos conquistado derechos, como la libertad sexual y la condena del acoso, son la separación de poderes y el rigor periodístico. Sin embargo, hoy asistimos a la emergencia de una mala praxis profesional , por suerte, por solo una minoría de periodistas que usan el poder mediático, que no han sido elegidos democráticamente, pero que, en cambio, pretenden decidir quién es víctima y quién agresor, distorsionando la verdad y perjudicando gravemente a quienes denuncian.

La cobertura reciente sobre el caso CREA y Ramón Flecha ejemplifica esta dinámica: algunos medios  han dedicado espacio a relatos sensacionalistas sobre la supuesta vida emocional y afectiva de las personas implicadas, enfatizando detalles íntimos y relaciones personales que parecen más sacados de un reality show que de un análisis periodístico riguroso. En lugar de centrarse en las investigaciones institucionales, en los protocolos de la universidad o en la evidencia, se prioriza el morbo y la especulación, creando “escándalos” que buscan influir en un proceso abierto sin respetar la justicia ni la presunción de inocencia.

Todo esto recuerda a la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas: un personaje que no necesita pruebas y actúa como juez y verdugo al mismo tiempo. “¡Que le corten la cabeza!”, decía. Así funcionan quienes ejercen mala praxis periodística con actuaciones que ya identificaba Umberto Eco como la máquina del fango: deciden qué versión de los hechos es “la correcta”, dictan condenas mediáticas antes de que la investigación termine y buscan influir constantemente en procesos abiertos, sin esperar la justicia. Para dichas personas, ya tienen la razón, y toda la evidencia, los testimonios y las garantías de las víctimas deben ajustarse a su narrativa. Este poder arbitrario e impune sustituye la información en el espectáculo, revictimiza a las personas afectadas y desplaza el debate público del rigor y la ética hacia el morbo y la confrontación.

Mientras tanto, las víctimas reales enfrentan un doble daño: la violencia de las presuntas agresoras y la difusión mediática que las revictimiza. Se construyen narrativas en las que las presuntas agresoras aparecen como víctimas, y las mujeres que denuncian con nombre y apellido, como supuestas manipuladoras o protagonistas de historias de “dependencia emocional”, con el único fin de captar audiencias. Este enfoque refuerza la oposición al feminismo, debilita movimientos como #MeToo y normaliza la impunidad.

Así, los medios  que optan por relatos sensacionalistas no solo traicionan la ética periodística tan necesaria de aplicar hoy en día; también reproducen dinámicas de poder que invisibilizan la investigación seria y el conocimiento científico sobre violencia de género. De este modo se contribuye a un clima de desinformación y confusión social, mientras se banaliza un tema que debería abordarse con rigor y sensibilidad.

Pero a medio y largo plazo, la verdad prevalece. Las víctimas, sobrevivientes y profesionales comprometidas crean redes internacionales de apoyo, documentación y difusión responsable que contrastan con el ruido mediático. La credibilidad de los medios que apuestan por el espectáculo se erosiona,  las y los periodistas que practican un periodismo profesional y ético siguen siendo fundamentales para proteger a las personas afectadas y fortalecer los derechos de todas.

Denunciar y analizar críticamente estas prácticas mediáticas es un acto feminista: visibiliza la manipulación de la información, protege a las víctimas y reafirma que la verdad y el rigor siempre se imponen sobre el morbo y la especulación, incluso cuando alguien asume el rol de la Reina de Corazones creyendo que ya tiene la razón y por ello puede dictar sentencias a su antojo.

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