En 2017, un sencillo test de embarazo marcó un hito científico. La investigadora Margherita Turco, entonces en la Universidad de Cambridge, había logrado crear el primer organoide de placenta: un cúmulo de células capaces de secretar la hormona HCG, la misma que activa las pruebas de gestación. Hoy investiga desde el Instituto Friedrich Miescher de Basilea. Junto a la inmunóloga Ashley Moffett, pionera en el estudio de la biología placentaria, Turco abrió la puerta a una revolución en el conocimiento de la reproducción humana.
Tal y como informa Nature, la cronología de estos avances muestra un progreso vertiginoso. En 2016, los primeros intentos de Turco dieron lugar accidentalmente a organoides de endometrio, capaces de imitar el ciclo menstrual. Un año más tarde llegó el gran hallazgo con el organoide placentario. En paralelo, la ingeniera biológica Linda Griffith, desde el MIT, perfeccionó modelos de endometriosis, una enfermedad que afecta a alrededor del 10% de las personas con útero en edad fértil. Ya en la década de 2020, la investigación se diversificó: en Chicago, la bióloga Francesca Duncan avanzó con organoides ováricos para estudiar envejecimiento y menopausia; en Houston, la microbióloga Kathryn Patras creó organoides vaginales para explorar la relación entre el microbioma y la salud sexual; y en Múnich, la investigadora Mirjana Kessler desarrolló biobancos de organoides de cáncer de ovario y trompas de Falopio, esenciales para comprender los tumores más agresivos.
Estos modelos tridimensionales están ayudando a desentrañar enfermedades que afectan de forma desproporcionada a la salud de las mujeres, desde la preeclampsia —que impacta entre un 2 y un 8% de los embarazos, según la Organización Mundial de la Salud— hasta la infertilidad vinculada al envejecimiento ovárico. Además, responden a un cambio de paradigma en la biomedicina: agencias como la FDA en Estados Unidos buscan reducir la dependencia de modelos animales, y los organoides ofrecen la alternativa más prometedora.
Aun con sus limitaciones, estas “miniaturas” de órganos femeninos revelan aspectos inéditos de la biología reproductiva y abren caminos hacia diagnósticos y tratamientos más precisos. El reto será garantizar que estos avances reciban financiación sostenida y se traduzcan en mejoras tangibles para la salud de millones de mujeres en todo el mundo.
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