Maria Teresa Codina nació en Barcelona, en 1927. Estudió Magisterio y Filología Clásica. Abogaba por una escuela que respetara el derecho a la educación y a la igualdad de oportunidades para todas y todos, independientemente de su clase social, una escuela plurilingüe que dé cabida al catalán y, todo ello, desde una perspectiva liberal, laica, racional, activa, científica y democrática.
Se decidió a crear una escuela. Eligió una ubicación que facilitara, mediante transporte público, la posibilidad de una asistencia plural de alumnas de diferente clase social y contactó con las maestras y el maestro que formarían el equipo docente inicial. María Teresa Codina “quería una escuela donde las cuotas fuesen variables, que la gente pagase según sus posibilidades y que los maestros cobrasen según sus necesidades, porque si no era hacer una escuela selecta y eso no lo quería […], quería una escuela en equipo”.
Las alumnas creaban sus propios libros de texto ayudadas por una magnífica biblioteca, fruto de la importancia que se daba a la lectura. Aprendían trabajando con rigor y exigencia, lo cual no estaba reñido con los métodos didácticos de Montessori y los de la escuela activa.
En 1974 aceptó dar clases en la Escuela Parroquial Nostra Senyora de Port, allí impartía clases de lenguas. Allí conoció a Basilio González, también maestro y presidente de la Asociación de Vecinos Nostra Senyora de Port. El trabajo de ambos, junto con el vecindario, en la creación del Instituto Nacional de Bachillerato Can Tunis da sus frutos y, allí, María Teresa continúa con sus clases almismo tiempo que entra en contacto con los gitanos de Can Tunis, los mismos que un año después la proponen como directora de la Escuela Avillar Chavorrós (“Venid chavales”, en caló).
La Avillar Chavorrós fue fruto del diálogo entre las familias gitanas y el equipo de educadores y educadoras. Los anhelos y deseos que expresaban las familias informalmente eran plasmados por el equipo docente, en el proyecto educativo, en clave institucional.
La memoria de la experiencia en este barrio que iba mejorando su calidad de vida poco a poco y no sin esfuerzo, mereció el IV Premio Ramón Llull a la investigación educativa en 1979.
La Asociación Nacional de Presencia Gitana le otorgó el V Premio Hidalgo, en 1983, en agradecimiento a su labor en pro de los gitanos.
En el periodo comprendido entre 1983 y 1987, desde la Generalitat de Catalunya le ofrecieron la coordinación de varios proyectos educativos en el ámbito de lo social y en referencia a las escuelas situadas en las zonas menos favorecidas, con alumnado en situación de riesgo, inmigrantes o no. Las actuaciones iban dirigidas a conseguir la plena escolarización del alumnado gitano; a la creación de aulas, fuera del horario escolar, donde el alumnado de procedencia árabe reciba clases en su lengua materna y basada en su bagaje cultural.
Podríamos seguir hablando de más proyectos educativos llevados a cabo por esta maestra, pero terminaremos diciendo que todos sus proyectos se condujeron bajo la firme creencia,según sus palabras en: “el derecho que tenemos todos a ser diferentes sin quedar al margen […], el derecho a salir de la marginalidad y el deber de la escuela, de la sociedad y, sobre todo, de las autoridades educativas, de posibilitarlo”.
En 1995, recibió el Premio Ramón Fuster “en reconocimiento a su trayectoria profesional, contribución a la renovación pedagógica y compromiso con los sectores sociales más desfavorecidos”.
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