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El turismo a menudo se celebra por su capacidad para unir culturas, fomentar la comprensión y promover el crecimiento económico. Sin embargo, debajo de la superficie brillante de la pasión por los viajes y la aventura se encuentra una realidad más compleja. El turismo, una próspera industria global, ofrece a las personas la oportunidad de explorar diversas culturas y paisajes. Si bien puede ser una fuente de conocimiento y crecimiento personal, el turismo ha sido testigo de un aumento en las actividades extremas, riesgosas y poco humanas, como el turismo de aventura, los deportes extremos y el “turismo peligroso” en zonas de conflicto. Estas experiencias, a menudo comercializadas como emocionantes y que cambian la vida, atraen a viajeras y viajeros que buscan adrenalina y validación social. Sin embargo, vienen con peligros reales y dilemas éticos, con algunas personas que persiguen aventuras arriesgadas sin comprender completamente las consecuencias.

En una era de turismo de masas, los y las turistas a veces tratan a los destinos y a sus habitantes como meros accesorios en sus narrativas personales. La “cultura selfie” y el deseo de momentos dignos de Instagram pueden deshumanizar a las comunidades locales, reduciéndolas a objetos de curiosidad. Esta deshumanización puede conducir a la insensibilidad cultural y a la erosión del auténtico intercambio cultural. Incluso algunos de los que hablan de la necesidad de decolonializar, han cometido prácticas como el abuso de mujeres indígenas. Además, los viajes basados en privilegios implican explotar la ventaja socioeconómica de uno para acceder a experiencias exclusivas, alojamientos de lujo y encuentros culturales que a menudo son inaccesibles o nocivas para las personas locales. Esta forma de turismo exacerba las disparidades económicas y refuerza las jerarquías sociales, socavando los principios de igualdad y apreciación cultural. La búsqueda del riesgo y el desapego de la humanidad pueden ser síntomas de viajes basados en privilegios. Los y las turistas pueden participar en comportamientos riesgosos con poca consideración por las costumbres locales o las medidas de seguridad, perpetuando aún más el desprecio por la dignidad humana en el turismo.

Este verano hemos presenciado distintas situaciones que han puesto de manifiesto la lejanía entre turistas y la ciudadanía local, desde viajantes a zonas en conflicto a alpinistas capaces de abandonar a los sherpas locales con el fin de conquistar su meta individual. Situaciones que han dejado unas imágenes en todo el mundo de falta de humanidad y necesidad urgente de transformación. El contexto actual, exige prácticas de turismo responsable que prioricen la sensibilidad cultural, la seguridad y el respeto por las comunidades locales. Además, alienta a las y los viajeros a examinar sus motivaciones y elecciones, esforzándose por experiencias de viaje más significativas y humanas.

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