La investigadora Mar Joanpere nos invita a reflexionar en este artículo de opinión sobre un caso reciente que ha generado una amplia reacción en redes sociales: la difusión de un vídeo grabado en Japón por un streamer en el que la vulnerabilidad de una joven acaba convirtiéndose en contenido y en la reacción de las personas ante este hecho.

El caso de un streamer español ha generado en los últimos días una fuerte reacción en redes sociales a raíz de un vídeo grabado en Japón en el que aparece junto a otra persona abordando y grabando a una joven japonesa que se encontraba visiblemente en situación de vulnerabilidad. La escena ha provocado una oleada de indignación por la manera en que se convierte la vulnerabilidad de una mujer en entretenimiento, pero también por algo que merece una reflexión más profunda, la reacción que recibe la persona que decide intervenir para ayudarla.

La joven no aparece en el vídeo como una persona con derecho a su intimidad y a su propia dignidad, sino como un objeto sobre el que hacer comentarios sexuales, bromas y provocaciones. Además, es grabada y expuesta públicamente sin que exista un consentimiento para convertir aquella situación en contenido difundido a miles de personas. Este elemento no es menor. La capacidad de las redes sociales y los medios para multiplicar una escena convierte lo que podría haber sido un episodio localizado en una exposición global. Una persona en situación de vulnerabilidad puede terminar siendo identificada, compartida, comentada y juzgada por miles de personas desconocidas. La cámara deja de ser simplemente una herramienta para registrar lo que sucede y se convierte en parte de la propia violencia cuando la persona que está siendo grabada no puede decidir cómo, dónde y ante quién se difundirá su imagen.

La reacción social al vídeo resulta, en este sentido, significativa. Numerosos usuarios han expresado públicamente su rechazo ante lo ocurrido; las redes sociales también son un espacio de acción contra los acosos. La indignación no se dirige únicamente a los comentarios sexuales, sino también a la idea de que la vulnerabilidad de una mujer puede convertirse en una oportunidad para generar visitas, entretenimiento y notoriedad. La respuesta colectiva muestra una preocupación social creciente ante la normalización de contenidos que presentan el acoso y la humillación como espectáculo.

Pero hay un segundo elemento del caso que merece atención. En un momento de la escena, la joven pide ayuda a un hombre que está cerca, y el hombre  se aproxima a ella, percibe lo que está ocurriendo e interviene para ayudarla. Le pregunta qué sucede, cuestiona a quienes la están grabando y, finalmente, se marcha con ella. La intervención introduce un cambio, alguien deja de observar y decide actuar. Y precisamente entonces aparece otra forma de violencia. En lugar de reconocer la intervención como un gesto de protección y valentía, el hombre que ayuda se convierte en objeto de ataques y descalificaciones. El streamer y su acompañante reaccionan contra él, llegando incluso a emplear expresiones racistas. La persona que intenta proteger a una mujer en situación de vulnerabilidad pasa a ser presentada como el problema.

Este mecanismo es especialmente relevante desde la perspectiva de la violencia de género. Resulta fundamental analizar aquellas dinámicas que buscan aislar y desalentar a quienes podrían apoyar, siendo así un posible caso de violencia de género aisladora, mediante la cual la persona que interviene para ayudar a una mujer es ridiculizada, atacada, desacreditada o intimidada. El mensaje implícito es poderoso: si intervienes, tú serás el siguiente objetivo. De esta manera, la violencia no afecta únicamente a quien la está sufriendo inicialmente, sino que puede extenderse hacia su entorno y hacia las personas que intentan romperla.

Cuando una persona presencia una situación de acoso y decide intervenir, denunciar públicamente o señalar al responsable, debería valorarse que está contribuyendo a generar un entorno más seguro. Sin embargo, cuando esa persona recibe a cambio insultos, amenazas, ataques o represalias, se produce un efecto profundamente peligroso, se transmite el mensaje de que es mejor no intervenir. Y esto es especialmente grave porque el silencio no siempre significa indiferencia. Muchas veces significa miedo. Miedo a convertirse en el siguiente objetivo, a recibir una avalancha de ataques en redes, a ser señalado públicamente o a sufrir consecuencias simplemente por haber decidido ayudar a alguien que se encontraba en una situación de vulnerabilidad. Por eso, este caso debería hacernos pensar más allá del comportamiento del propio streamer.

El problema no termina en el momento en que alguien acosa a otra persona. También debemos preguntarnos qué sucede cuando alguien intenta poner límites a ese comportamiento. ¿Qué sociedad estamos construyendo si quien acosa puede hacerlo públicamente, mientras que quien intenta defender a la víctima acaba siendo quien tiene que protegerse?

 

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