Ha pasado un poco más de un año desde la aprobación de la ley Sobre las garantías de la igualdad de derechos y oportunidades para hombre y mujeres” que tipificó por primera vez en Uzbekistán la violencia que se ejerce en el marco del matrimonio contra la mujer como violencia de género. Sin embargo, los cambios legales no han tenido aún un efecto profundo en la sociedad y tanto víctimas como organizaciones de la sociedad civil dan cuenta de lo mucho que aún falta por avanzar para proteger a las mujeres, según reportó Thomson Reuters Fundation

Según las expertas que participaron en el artículo, son demasiados los casos de violencia y violaciones que quedan sin justicia debido a las profundas creencias que la sociedad de Uzbekistán aún tiene arraigadas sobre que las mujeres deben obedecer y servir a sus esposos y mantener relaciones en las que la violencia debe ser aceptada con normalidad. 

En este sentido, una de sus mayores críticas al nuevo sistema es que no hace lo suficiente para ayudar a las mujeres que deciden dejar a sus maridos abusivos. “Cuando una mujer se queja de que es víctima de violencia doméstica, el inspector de mujeres organiza una reunión con ella y su marido para firmar un papel. Los invitan al mismo tiempo. Es inhumano”, dijo la defensora de los derechos humanos Irina Matvienko.

Existen también otras barreras que las mujeres se encuentran al momento de querer salir de una relación violenta, entre ellas la idea de que la violencia de género es un asunto privado. De aquí surge el miedo a deshonrar a sus familias y se agudiza la falta de apoyo, tanto de la policía como del sistema judicial, que suele revictimizarlas. Al ser un tema del que no se habla, es casi nulo el conocimiento de la existencia de sus derechos y de las entidades que pueden prestarles ayuda. 

Los relatos de las víctimas se repiten una y mil veces: deben aguantar, esperar que pase, seguir adelante, perdonar y asumir. Vivir con miedo.

También hay muchos mitos que se usan como excusa por parte de los maltratadores y sus cómplices como, por ejemplo, que los hijos de maltratadores lo serán también cuando crezcan, una afirmación que se ha desmontado rotundamente pero aún hay quienes quieren utilizarla para someter a otros. 

Pero poco a poco empieza a haber cambios. El presidente Shavkat Mirziyoyev prometió tomar en serio los derechos de la mujer después de llegar al poder hace cuatro años. Además de introducir la ley sobre la violencia de 2019, ha nombrado a varias mujeres para que ocupen puestos destacados y ha construido refugios para las mujeres que escapan de los abusos en el hogar.

Esta ley ha permitido que se pueda hablar del tema más abiertamente y que las entidades que ayudan a las mujeres puedan decirles que existe un mecanismo de protección y que pueden buscar ayuda.

Otro avance en el tema es que el Gobierno de Uzbekistán y las Naciones Unidas han comenzado recientemente a reunir datos, que hasta ahora no existían. Según las únicas estadísticas disponibles, publicadas por el Ministerio del Interior, el año pasado 185 mujeres fueron agredidas por sus parejas actuales o anteriores. Sin embargo, los grupos de defensa de los derechos de la mujer dijeron que eso reflejaba una fracción del número real.

Pese a los esfuerzos del gobierno, una gestión deficiente y las creencias populares no han permitido que las víctimas de violencia de género puedan sentirse seguras para denunciar. Por esto es de vital importancia que se trabaje en cambios sociales, desde la educación, para que esta problemática se trate públicamente y deje de ser considerada privada. Los esfuerzos que se están haciendo por dar apoyo a las víctimas, generar espacios de apoyo y acogida, así como esperanza de una vida mejor y libre de violencia deben incluir todas las actuaciones que permitan transformar la sociedad. 

Sabemos que el cambio no es fácil y también sabemos que este no es solo un problema local en Uzbekistán sino un desafío para todas las sociedades y países del mundo. Los esfuerzos de los gobiernos en temas legales de apoyo y justicia a las mujeres debe ir de la mano con profundas transformaciones sociales que lleven a la igualdad y la superación de la violencia. 

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