Ocurrirá en Francia el próximo año. En invierno desaparecerán las estufas de las terrazas, este espectáculo que comenzó aquí a partir de la ley antitabaco de 2005. A cualquier persona con la mínima conciencia ecológica ha debido de inquietarle contemplar la combustión contaminante de tantos calentadores en las calles. Ir contra el ciclo natural, preservarse del frío no en los interiores sino convirtiendo el exterior en un lugar caldeado, fumar sin restricciones, todo a capricho y al precio que sea. Tanto económico como medioambiental. 

Semejante aberración pronto estará prohibida en las casi 12.500 terrazas de bares y restaurantes existentes en el país vecino. Millares de calefactores y sombrillas de gas desaparecerán, esto cuando la “Association négaWatt”, que promueve la sobriedad energética y las energías renovables, ya ha proporcionado datos desastrosos. Durante un invierno, cinco calentadores de gas emiten tanto CO2 como un automóvil circulando a lo largo de 120.000 kilómetros. Una sencilla multiplicación, la del número de terrazas por las probables estufas en cada una de ellas, nos muestra un resultado escalofriante.

No es sensato desafiar a la naturaleza, sino nocivo, absurdo. Es necesario que los seres humanos bajen de una vez por todas de sus pedestales de barro. En consecuencia, también el gobierno español debería abolir de inmediato el caldeado artificial de las terrazas. Son las estaciones del año las que han determinado de forma natural nuestros usos y costumbres, intentar mandar más que ellas deviene estúpido y peligroso. 

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