Twitter. Wanda Nowicka

Este pasado viernes se manifestaron miles de mujeres y hombres en más de veinte ciudades polacas en protesta por la intención del actual Gobierno de abandonar el Convenio de Estambul, un tratado internacional del Consejo de Europa sobre prevención y lucha contra la violencia contra la mujer y la violencia de género. En Polonia fue ratificado en 2015, el año en el que llegó al poder el partido que gobierna, el ultraconservador Partido de la Unión y la Justicia (PiS). Las protestas fueron convocadas por organizaciones feministas que hicieron un llamamiento al apoyo a las instituciones europeas antes del inicio de las marchas, que llevaban como lema “No a la legalización de la violencia de género’.

Según los medios de comunicación se hacen eco, se trata de protestas que responden a declaraciones de varios ministros que se han ido refiriendo al Convenio de Estambul como un tratado que responde a una determinada ideología que su partido no comparte y que incluso coarta la libertad de que las familias puedan educar a sus hijos e hijas de acuerdo con sus valores. De esta forma apoyan una campaña promovida por la organización ultraconservadora Ordo Iuris que está promoviendo la recogida de firmas a favor de la derogación del Convenio bajo el lema “Sí a la familia, no al género”. 

Pero cabe señalar que el Convenio de Estambul es un tratado cuyo objetivo es asegurar que se cumplan los derechos de las niñas y de las mujeres ante la violencia que sufren por el hecho de serlo y que vulnera gravemente los derechos humanos. Parte de la importancia de que todo estado esté obligado a actuar ante esta vulneración de derechos en pro de la protección de su ciudadanía, así como a intervenir para la prevención de la violencia de género con el diseño de políticas públicas dirigidas a su erradicación. Así mismo, deben planificar una continua revisión para avanzar hacia una Europa, y demás partes del mundo, más segura. Como convenio, es fruto del consenso y recoge acuerdos comunes a las diferentes ideologías políticas, en base a los derechos humanos fundamentales. 

Las evidencias científicas desde el feminismo van mostrando cada vez con más detalle, no solo las diversas formas en que se hace efectiva esta violencia contra las niñas y mujeres, sino también una mayor comprensión de esta compleja realidad con el fin de transformarla. La ciencia y feminismo están contribuyendo a que nadie pueda negar la existencia de una discriminación por cuestión de género que somete a las niñas y mujeres de todo el mundo a sufrir violencia de género. Al igual que nadie puede negar la existencia de la covid-19. 

La violencia de género, lejos de ser una ideología, es una realidad, e  identificarla como tal permite la defensa del derecho a vivir una vida sin violencia que garantice los derechos fundamentales de igualdad, libertad y respeto a la diversidad. En la era del #MeToo y del #BlackLivesMatters, cabe cuestionarse si hay cabida para posicionamientos que nieguen la violencia de género, ya que suponen que quede impune la aceptación de la violencia contra las niñas y mujeres. 

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