Los whatsapps son como hilos que me unen a personas queridas. En uno, mi amigo Antonio me recomendó el sábado pasado leer la novela primera del “Decamerón” de Bocaccio. La escribió en el siglo XIV y ya describe claramente que cuando se declara la peste algunas personas “de sentimientos crueles […] diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos, […] abandonaron la propia ciudad”.

Está ocurriendo, pero ahora en muchos casos ya no mueve un instinto de supervivencia perverso, porque cerca de casa, en la playa de Benicàssim, lo que ha movido a muchas personas era irse de vacaciones aprovechando el confinamiento. ¿Cómo hemos llegado a este comportamiento descerebrado?. Incluso alguna persona diagnosticada de coronavirus se largó a la playa en tren para ser hospitalizada en Murcia, ¿no había valorado que en su periplo se iba a convertir en un foco de infección constante?. Deberíamos cuestionar cómo educamos para llegar a esta situación. 

Entro en el correo y, aunque no twitteo nunca, me entran tweets como el de Beatriz Muñoz “El valor de los clásicos” y, de su mano, llego a elbuenlibrero.com, en el que se recogen fragmentos literarios de situaciones similares a las que estamos viviendo. Además del fragmento de Bocaccio, se recogen otros fragmentos, entre ellos uno de “La Peste” de Albert Camus: “una vez cerradas las puertas, se dieron cuenta de que estaban, y el narrador también, cogidos en la misma red y que había que arreglárselas. Así fue que, por ejemplo, un sentimiento tan individual como es la separación de un ser querido se convirtió de pronto, desde las primeras semanas, mezclado a aquel miedo, en el sufrimiento principal de todo un pueblo durante aquel largo exilio”. Camus la publicó en 1947, hace setenta y tres años. 

En”La Peste” la ciudadanía no puede ni enviar cartas. Y pienso en la suerte que tenemos por poder comunicarnos digitalmente con nuestra gente, con parte de nuestra familia, que está en otros países, y que nos cuenten cómo están, sus risas nos reconfortan, ayudan, tranquilizan. Y también nos recuerda el horror de muchas madres y padres que vieron salir a sus hijos e hijas sin saber a dónde iban, ni cuándo volverían a hablar o a reencontrarse, que ignoran que hay más allá de la patera, de la alambrada, de los campos de refugiados o de las mafias de todo tipo. Y en lo que pasa ahora mismo en todos esos lugares.

Me llega un artículo de Eulàlia Lledó en el que reflexiona sobre lo que está pasando y, entre muchas otras cosas, sobre las mujeres mayores que estaban cuidando de sus mayores pero se han contagiado. Y sobre los comerciantes y hosteleros chinos que cerraron antes de la prohibición, demostrando un sentido de la responsabilidad encomiable, señalando que China ya ha enviado un enorme avión cargado de útiles y de equipos sanitarios a Italia y se ha ofrecido también a ayudar al Estado español. Nos deberían avergonzar las muestras de racismo que personas con rasgos asiáticos sufrieron aquí cuando empezó la crisis del coronavirus. Nos ponen un espejo delante y la imagen que nos devuelve no es la mejor.

También los equipos sanitarios piden equipamiento a los que los tienen en stock porque faltan equipos en una crisis sanitaria sin precedentes en la que muchas personas han muerto, otras están muy graves y también, afortunadamente, otras se han recuperado. ¿Los recortes sanitarios no dejaron huella, alguien lo puede seguir defendiendo?.  Los informativos cada vez producen más escalofríos, más tristeza y, también, muchísima indignación por las condiciones en las que deben trabajar y por la falta de medios. Mientras, los 65 millones del rey emérito en investigación por la fiscalía suiza y la renuncia a su herencia del rey actual a la vez que le retira a su padre la asignación, cercana a los 200.000 euros anuales, nos dejan ojipláticos.

Un avión de carga llega de China al aeropuerto de Zaragoza con una donación de 500.000 mascarillas. El infectólogo Oriol Mitjà, que lidera un ensayo para cortar la transmisión del virus y que llevaba semanas advirtiendo de que el riesgo de transmisión del coronavirus era mayor del que decían las autoridades, señala en una entrevista de prensa que la situación es grave porque se ha dejado que la epidemia avance demasiado. Como ciudadana confinada me pregunto, tras leer su entrevista, por qué no se fijaron en el confinamiento masivo que estaban haciendo en China o no se hicieron pruebas masivas como en Corea del Sur para detectar muy pronto los casos, por qué no se compraron los equipos que ahora hacen tanta falta en los hospitales. 

Sigue la semana con nuevas medidas de seguridad como la obligatoriedad de conducir con mascarilla, ¿hasta hoy eso no era importante? ¿nadie se lo ha podido decir antes a la población? Las señoras de Elda y Petrer deciden, ante la falta de mascarillas en su zona de hospitales y centros de salud, sentarse en sus máquinas de coser para echar una mano y confeccionan casi 4000 mascarillas para que los/las sanitarios puedan trabajar hasta que lleguen las mascarillas de Sanidad. Personal sanitario chino llega a España para ayudar. Personal exhausto que sigue ayudando más allá de fronteras e ideologías.  

Y así llegamos al viernes, al inicio de la primavera, comienza nublada, pero eso da igual, avanzan los días. En los memes los paseos al perro desbancan al papel higiénico. Las ciudades suenan a caceroladas compartidas y sentidas y, cada noche, los aplausos a sanitarios se hacen extensivos a todas las personas que no paran de trabajar para garantizar a la ciudadanía la mejor atención que pueden dar en alimentación u otros servicios básicos. Cada vez hay más personas interpretando música o inventando juegos como el bingo a grito pelado entre fincas de edificios, ideando maneras bellas o simplemente divertidas para compartir esa soledad haciéndola más llevadera. 

Por eso también me quedo con un señor que dice que se estresa porque, tras la visita matutina virtual al Museo del Prado, habla varias veces con su vecino que le requiere por el patio (un vecino que antes no trataba y con el que la conversación se acaba pronto porque desde la conversación anterior no ha pasado nada que contar), mientras va alternando en internet con varias actividades interesantes, y tiene quedadas vespertinas por la ventana para cantar “Resistiré” y “Sobreviviré” casi solapadas con aplausos mucho más serios; sus días, dice, son un continuum de acciones agotadoras, así que solo quiere estar un ratito a solas con netflix en el sofá. Agradezco mucho este humor que ponen personas como él, capaces de regalarnos sonrisas e incluso carcajadas. El humor es, siempre, sanador.

Las cervecitas con la pandilla se comparten por skype. En casa hay muchas cosas que hacer. Mis estudiantes me mandan sus trabajos on line, los revisamos y continúan con su trabajo. Nos ayuda a mantener la vida académica y me alegra, porque confirmo que están bien. Internet se ha convertido en un aula gigantesca. Aprovecho para señalar que nada es parecido a una clase presencial, en la que se interactúa de otra manera, compartida, con muchas personas debatiendo, planteando interrogantes, sus interrogantes, enriqueciéndonos mutuamente cara a cara. Conozco propuestas que defienden que se pueden sustituir las clases presenciales por virtuales desde otro modelo de universidad y difiero totalmente.

Como nos recuerda Emilió Lledó (2018), la universidad debe evitar “el acartonamiento intelectual”. La economía no puede primar sobre la educación humanizadora que genera una ciudadanía comprometida. Nos hace mucha falta. Lo estamos viendo ahora mismo. Que no nos vendan la moto. Las fiestas en València acaban en muchas calles con una quedada vecinal para cantar “Hola Don Pepito, hola Don José” de ventana a balcón, a dos voces. Pero, también lo vemos en el telediario, las salidas están llenas de gente que pretende irse de puente y que vuelven a mandar a casa. ¿Es tan difícil entender el porqué del confinamiento? Es una pandemia global, idiotas.

Este domingo no podremos corear el final de fiestas de Castelló, el “Vitol” de la Magdalena. En muchas collas de fiesta el año que viene faltaran personas. Y porque es muy importante, para que no falten más, ahora debemos quedarnos en casa. 

Hoy nos informa la prensa que ayer jueves en Almassora, un pueblo cercano, una mujer murió asesinada, es el primer caso de violencia de género (VdG) durante el estado de alarma. Ya se había  visibilizado la vulnerabilidad de muchas mujeres en este confinamiento y el aumento del riesgo de sufrir agresiones. Un confinamiento en el infierno. Una mujer joven no ha llegado a la primavera y deja dos hijos huérfanos.  En lo que llevamos de año ya ha habido 17 víctimas mortales por la VdG y ya son 1.050 desde el año 2003, cuando se iniciaron los registros, sin contar las que han quedado con secuelas psíquicas, físicas o ambas. Y ya hay 11 huérfanos-as.

En este primer caso en confinamiento, su marido la asesinó delante de sus hijos. Recordemos esto cuando los negacionistas nos digan que la VdG no existe. Ahora tenemos tiempo para pensar, para reflexionar, para valorar el futuro que se merecen todos los niños y niñas.

Cuando esto acabe, debemos seguir trabajando con más ganas que nunca para que esto no siga sucediendo, combatiendo y educando desde la escuela infantil, como una piña, sin perder esas redes de solidaridad que han florecido ahora, porque si lo han hecho es porque nunca han dejado de existir. Vamos a cuidarlas y a mantenerlas.

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