Alguien de mi entorno cercano me contaba que su padre, nacido a principios del siglo XX, nunca le había pegado a él ni a ninguno de sus hermanos y hermanas, que siempre les había querido mucho. Ni los duros contextos de tener que llevar el pan a casa afrontando conflictos sociales y laborales, atravesando la guerra y la posguerra le hicieron variar este principio y forma de ser. Esta persona me contaba que él mismo nunca ha pegado y siempre ha querido mucho a sus hijos. Y uno de sus hijos nunca ha pegado ni pegará su único hijo. Éste, hoy con 15 años, es de lo más pacífico y cariñoso, nadie de nuestro entorno se lo imagina pegando nunca a nadie.

En esta familia siempre ha prevalecido la no violencia, el amor, el hablar, la ironía y el humor, a veces el silencio y la reflexión para comunicarse, decirse y explicarse las cosas. Es una característica de la cultura de esta familia y de su entorno social de la que pueden sentirse muy orgullosos y a la que cuidar como un tesoro para que siempre siga siendo así.

Las formas de masculinidad están influidas históricamente, y las formas de masculinidades predominantes en cada momento histórico y contexto social pueden hacer que la comunicación afectiva entre padres e hijos sea mayor o menor. Es lo que cuentan Morman y Floyd (2002) en Western Journal of Communication a partir de una muestra de 139 díadas de padres-hijos de diferentes generaciones. Ahora bien, la expresión del amor o del cariño, cuando está, puede vehicular y expresarse a través de estas diferentes formas históricas, la forma no tiene por qué afectar al contenido.

Para los niños y adolescentes los padres son referentes de masculinidad, de comportamiento y de toma de decisiones, tanto en el contenido como en la forma. De siempre, niños y adolescentes han presenciado o vivido violencia y agresiones en diferentes entornos -en la escuela, en la calle, en la televisión, los videojuegos, en la pista deportiva, en el bar, en la discoteca. A veces nos encontramos con el dilema de cómo afrontar una actitud violenta o intolerante; a veces nos hallamos ante el debate de si debemos ser tolerantes con los intolerantes. Un entorno no-violento en casa da herramientas para reaccionar de forma no violenta ante estas situaciones.

La escuela como espacio que nos iguala a todos es un agente social de primer orden para dotar de herramientas teóricas y prácticas para hacer frente a contextos de creciente violencia y agresiones. Para enseñar a mantenerse en la no violencia y para evitar dejarse engullir por la espiral de la violencia y acabar reaccionando de forma violenta. Valientes pero no violentos; la clase, el grupo, el colectivo, la familia y los amigos y amigas pueden ser un recurso de primer orden. En esta línea podemos encontrar la iniciativa del Club de los Valientes como la que presentan Sancho Longas y Pulido Rodríguez (2016) en la Revista Padres y Maestros, que enseña esto desde las edades más tempranas en la escuela, vaciando de atractivo la violencia y poniéndolo en la no violencia.

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