Las rabietas son el modo que tienen a menudo algunos niños y niñas de expresar sus emociones más fuertes, ya sea frustración, enfado, ira, tristeza o falta de alguna necesidad básica entre otras. Estas rabietas también pueden producir en las personas adultas un alto grado de frustración, nerviosismo e incluso ira, por lo que Ellen Galinsky en su artículo publicado en Early learning nation, nos invita a sacar la mejor versión de nosotros y nosotras mismas y convertirnos en modelos de apoyo y autocontrol para los niños y niñas. La crianza que acompaña el desarrollo de la autonomía puede jugar un papel importante en el desarrollo del autocontrol y las funciones ejecutivas, sin ser el factor socioeconómico un determinante e incluso, más allá de las funciones ejecutivas de las mamás y los papás. Las niñas y los niños no nacen con estas habilidades, nacen con el potencial de desarrollarlas desde poco después del nacimiento. Para garantizar que los niños y las niñas desarrollen estas capacidades, es útil comprender cómo la calidad de las interacciones y experiencias que nuestras comunidades les brindan fortalece o debilita estas habilidades emergentes.

Cuando la rabieta tiene lugar, podemos explicar a los y las pequeñas de la casa que no vamos a permitir que lastimen nada y que les daremos una “pausa”, esto significa que las personas adultas amorosamente les ayudan a calmarse, a veces alejándoles de la escena donde estalló la rabieta, y esperando hasta que todo pase. La pausa nos da la oportunidad de detenernos antes de actuar y nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre nuestras experiencias y aprender de ellas. La pausa sólo será efectiva si no se convierte en momento de castigo, coacción o aislamiento.

La autora utiliza el concepto de “andamiaje” para describir el papel de la persona adulta, que se convierte en esa estructura que aporta seguridad y apoyo para el pequeño o pequeña, hasta que aprende a manejar los sentimientos de manera autónoma, es decir, hasta que consiguen el autocontrol. Existen cada vez más investigaciones que nos explican cómo el desarrollo de estas habilidades en la primera infancia (que forman parte de las funciones ejecutivas) nos ayudan a prosperar y predicen mayores logros académicos, profesionales e incluso de salud.

Entonces ¿cómo aprender estas habilidades? En primer lugar, este enfoque nos habla de dotar a los niños y niñas de la autonomía suficiente para involucrarse en la resolución de problemas sin tener que acudir a sobornos o amenazas. El modo de proceder podría ser el siguiente: cuando las cosas estén tranquilas podemos organizar una reunión familiar para dialogar distintas tácticas a seguir, cuando se de otra rabieta. Estos pasos son los que propone la autora como guía:

  1. Indicar cuál es el problema: a nadie le gusta esta situación.
  2. Involucrar a la niña o el niño en la búsqueda de soluciones: ¿qué ideas tiene que le podrían ayudar a detenerse cuando empiece a enfadarse mucho?
  3. Enumerar tantas ideas como se le ocurran. Escribirlas todas.
  4. Evaluar si pudieran ser una buena solución para todos y todas.
  5. Elegir una para probar, escribirla, ver si funciona, y si no lo hace, sin ser punitivo, tener otra reunión familiar para encontrar otra solución.


Propuestas que ofrecen oportunidades de crear espacios de diálogo también en la familia  para que los y las más pequeñas de la casa reflexionen sobre su propia manera de manejar las situaciones, y que los adultos a través de diálogos enriquecedores y una buena gestión de las pausas y el desarrollo de la autonomía, puedan brindar a los niños y niñas la seguridad y el apoyo necesarios, herramientas imprescindibles para el éxito de su vida personal y profesional futura.

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