La legislación en materia de libertad sexual ha consolidado un principio esencial en las democracias contemporáneas: el consentimiento. Sin embargo, como advierte Ana Burgués, profesora de la Universidad de Granada, este avance normativo convive todavía con inercias culturales y relatos mediáticos que reintroducen criterios ya superados. A partir de este contraste, el presente artículo de opinión analiza las tensiones entre lo consolidado en derecho, cierto discurso público y los ataques edadistas a la libertad de las mujeres.
La ley de 2022 en materia de libertad sexual supuso un cambio en la concepción social del consentimiento. Al situarlo en el centro del tipo penal, la ley cerró definitivamente una etapa en la que determinados factores eran utilizados para cuestionar la libertad sexual. Sin embargo, pese a que el ordenamiento jurídico ha avanzado, persisten inercias culturales y discursos mediáticos que reintroducen, por vías informales, criterios ya superados por la democracia y por décadas de lucha feminista. En este artículo comparto algunos datos al respecto para profundizar en dicho análisis.
Las leyes democráticas han eliminado, entre otras, la diferencia de edad como ausencia de consentimiento sexual entre personas adultas. Se elimina así ese ataque a la libertad sexual de personas mayores de edad. A partir de los 18 años, una mujer tiene derecho a tener relaciones sexuales mutuamente consentidas con quien o quienes quiera, sin ninguna limitación de número de parejas o de diferencias de edades. En España se superó así una práctica legal y una valoración social con arraigadas raíces en la sección femenina de la Falange y en el franquismo. Aunque la mayoría de edad de hombres y mujeres fuera entonces los 21 años, las mujeres no se liberaban de la tutela hasta los 25. La formación falangista consideraba que, aunque fueran mayores de edad, las mujeres más jóvenes eran especialmente vulnerables y había que protegerlas.
En cambio, todavía hay una rémora muy reaccionaria del pasado a nivel social. En los últimos tiempos se ha identificado cómo se utiliza la desinformación por parte de personas, grupos y movimientos que añaden al marco jurídico democráticamente establecido sus propios criterios, no para aplicarlos en sus propias vidas, sino para imponerlos inquisitorialmente al conjunto de la ciudadanía, o más exactamente, a quienes ellas y ellos decidan. Se oye o se lee en los medios, rotundas afirmaciones de que, por ejemplo, en una relación donde haya más de 15 años de diferencia de edad el consentimiento está viciado, no es libre. Se crítica a los hombres o mujeres que tienen relaciones estables u ocasionales con personas más mayores o más jóvenes. Entre las personas inquisitoriales hay hombres y mujeres, de derechas y de izquierdas, de las que se declaran antifeministas o feministas, todas ellas en contra de la libertad jurídicamente ya conquistada a iniciativa, entre otras, de las feministas
Cuando realizan esas condenas mediáticas están atacando, no solo la libertad de la persona más mayor, sino también de la menor. La feminista Monique Wittig a los 41 años tuvo relación con Sande Zeig que tenía 22. Las personas inquisitoriales que afirman rotundamente en los medios que con más de 15 años de diferencia el consentimiento no es libre, está atacando no solo la libertad de Monique, sino también la de Sande. Bajo el franquismo, las mujeres lucharon por tener libertad sexual desde los 18 años, por poder decidir libremente con quienes queríamos o no relacionarnos sin que nadie tuviera derecho a meterse en nuestras vidas. Quienes lo hacen disfrazando esa coacción de protección a las jóvenes diciendo que la relación de poder que supone la diferencia de edad vicia el consentimiento, reproducen creyendo ser “progresistas” lo mismo en ese punto que Pilar Primo de Rivera en 1940.
Mi madre inició una relación con mi padre en 1977, ya desaparecidos Franco y el poder de La Falange; tenían 21 años de diferencia. Nunca, ni una sola vez, escuché ninguna crítica por la diferencia de edad. ¿Cómo calificarían hoy en día los medios su relación? Después, muchos años más tarde mi madre inició una relación con una mujer, mi madre tenía 42 años y su pareja 26. Se llevaban 16 años y esta vez era mi madre la que era mayor. Seguí sin escuchar ni una crítica por su diferencia de edad. Cuando yo empecé con mi pareja comentamos que tenía la misma edad que mi madrastra, pero era algo divertido, nunca nadie lo cuestionó ya que todas esas personas éramos mayores de edad.
La democracia tiene como uno de sus requisitos la separación de poderes: legislativo, ejecutivo y judicial. El llamado cuarto poder, puede actuar para mejorar la democracia o para lo contrario. Sucede lo último cuando las prácticas mediáticas atacan la democracia, cuando pretenden sustituir o imponer a la justicia lo que debe hacer. Intentar reintroducir en el discurso público los criterios ya superados por la legislación y pretenden presionar a la justicia para que los tenga en cuenta, eso no es libertad de expresión, sino abuso de poder mediático. Ante la competencia creciente y victoriosa de las redes sociales, excelentes periodistas actúan cada vez con mayor profesionalidad frente al “todo vale” en las redes. Sin embargo, también existen mala praxis por parte de una minoría de periodistas que se lanzan a escándalos mediáticos para competir por las peores audiencias, coartando así las libertades individuales, perjudicando la separación de poderes y fomentando los acosos.
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