Durante el pasado 5 y 6 de octubre tuvo lugar en Atenas la primera conferencia internacional Connect to Protect Conference, basada en la protección a la infancia y la prevención de la violencia que reunió a 450 personas entre investigadoras y profesionales, de 30 países.
«¿Podemos prevenir la violencia? Estoy segura de que sí.» La afirmación de Najat Maalla M’jid, Representante Especial del Secretario General de las Naciones Unidas sobre la violencia contra las niñas y los niños, resonó con fuerza. Pero quizás lo más relevante no fue esa certeza, sino lo que vino después: el cansancio ante la acumulación de proyectos piloto y estrategias que siguen intentando demostrar lo que las evidencias ya han demostrado.
La pregunta que suscitó numerosos debates fue sencilla: si sabemos qué funciona, ¿por qué no lo estamos haciendo a gran escala?
Desde hace años, investigaciones y actuaciones exitosas muestran que la violencia no es inevitable. Sabemos que las relaciones basadas en el respeto, la solidaridad y el rechazo de la violencia generan entornos más seguros. Sabemos que el diálogo y la participación de la comunidad fortalecen la protección de niños, niñas y adolescentes. Sabemos que la prevención es mucho más efectiva que la reparación. Sin embargo, seguimos invirtiendo esfuerzos en acciones fragmentadas que rara vez consiguen transformar profundamente la realidad.
Durante la conferencia también se planteó una cuestión fundamental: no basta con cambiar las leyes si no cambiamos la forma de comprender la violencia, así como los mecanismos de coerción. Del mismo modo, la pregunta no debería ser únicamente si una madre facilita el contacto entre un niño y su padre, sino si ese contacto es realmente seguro para ese niño.
Otro de los mensajes más inspiradores llegó de Adine Samadi, de Roks (Suecia): «The main impact comes when we believe her and believe IN her». Proteger a las víctimas menores es imprescindible. Pero también lo es creer en ellas, en su capacidad para reconstruir sus vidas y contribuir a la transformación social.
Ante sistemas que a menudo trabajan de manera aislada, muchas voces reclamaron una mayor coordinación entre instituciones, profesionales y la comunidad. Porque la protección no puede depender de actuaciones desconectadas. Requiere responsabilidad compartida y compromiso colectivo.
Durante la visita al Teatro de Dionisio, considerado el primer teatro del mundo, descubrí que quienes no podían permitirse la entrada recibían ayuda de la propia ciudad para asistir a las representaciones. Los diálogos y reflexiones que allí tenían lugar eran considerados esenciales para la democracia ateniense.
Quizá hoy necesitamos recuperar esa misma convicción. No nos faltan evidencias. No nos faltan conocimientos. Lo que necesitamos son diálogos profundos, bellos y actuar colectivamente para convertirlos en una realidad capaz de prevenir la violencia antes de que ocurra.
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Educadora social e investigadora predoctoral en la Universidad de Barcelona.
Su trabajo se centra en la socialización preventiva de la violencia y en la protección de la infancia y la adolescencia en distintos contextos socioeducativos.

