Como cada año se celebró recientemente el Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina (MGF) Una fecha en la que se nos recuerda una realidad que sufren millones de mujeres y que nos invita a reflexionar. En 2026 se estima que 4,5 millones de niñas -muchas menores de cinco años- siguen en riesgo, y más de 230 millones de mujeres y niñas viven con las consecuencias de esta violencia. Sin embargo, este escenario desalentador comienza a constatar avances y en los países donde la práctica persiste, casi dos tercios de la población expresa apoyo a su eliminación, y en una década se ha reducido la proporción de niñas sometidas a MGF pasando de ser “1 de cada 2” a “1 de cada 3”.
Las supervivientes y activistas expresan que no basta con visibilizar la MGF como una vulneración de los derechos humanos, hay que saber qué pasa tras sufrirla. Catherine Kimaren Mootian, superviviente en Kenia, formula la siguiente pregunta ¿quién asume la sanación, la educación y el futuro de las niñas mutiladas? Su testimonio dibuja el impacto y la herida que queda en el cuerpo, en la maternidad, en la escuela y en el trabajo, y la necesidad de construir redes de solidaridad, apoyo y espacios seguros para que la vida no quede definida por la violencia.
La vida de las víctimas está en juego durante y tras la mutilación. Un estudio que cruza datos de prevalencia y mortalidad en países en los que se practica la MGF, estima decenas de miles de muertes asociadas a esta práctica cada año, en torno a 44.320. Así que además de una vulneración de los DDHH, se trata de un problema de salud pública. Sabemos que es lo que funciona: la educación para la salud, el trabajo con las y los líderes comunitarios y religiosos, la implicación de las familias y profesionales sanitarios, y abrir espacios de diálogo tanto tradicionales como en RRSS en los que se incluya la voz de las comunidades caminan hacia la superación de la violencia. Y es que, aunque no sólo se trata de dinero, cada dólar que se invierte en poner fin a la MGF retorna multiplicado. Invertir en movimientos comunitarios -con redes juveniles y organizaciones de base- y a la vez en atención integral a las supervivientes es crucial.
Sabemos que la transformación social y superar la MGF es posible porque ya está ocurriendo en muchos contextos: comunidades que antes callaban ahora rompen el silencio y dialogan, familias que repetían la práctica empiezan a elegir informadas, con más argumentos de validez, y cada niña que crece libre de sufrir MGF rompe un eslabón de la cadena que la perpetúa de generación en generación. Poner fin a la MGF supone mucho más que “evitar una práctica”, es abrir un horizonte de esperanza para el garante y salvaguarda de los DDHH, mayor salud, escuela, autonomía y una vida libre de violencia.
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