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Consideramos que los padecimientos pueden provenir de un dolor físico o de un dolor emocional. Ambos son difíciles de soportar en muchas ocasiones, otorgándose a psicólogos, a veces también a psiquiatras, la misión de ayudar a sobrellevarlos.

Diversos son los métodos aconsejados, diversas las máximas manejadas. Cuando ni lo físico ni lo emocional tienen remedio, cuando el sufriente no tiene en sus manos la posibilidad de cambiar la situación, una advertencia es la de que “un problema que no tiene solución no es tal, no existe, olvídalo”. Una frase bien intencionada cuya eficacia queda por comprobar. 

Otra recomendación profesional consiste en persuadir a la sufridora o el sufridor de que lo más conveniente es aceptar por completo la circunstancia en que se halla. No puedo modificarla por más que lo haya intentado, admito el dolor que me causa y luego me empeño en dejar de pensar en ello. Prosigo con mi vida, rechazo en todo momento la introducción de la congoja en mi mente, y así, de un modo artificial, alivio mi pesar. El dolor persiste, pero está soterrado en una madriguera.

Leí en un semanario que un psiquiatra recomendaba que, además, se intentara ayudar a alguien cada día, por pequeña que fuera la contribución a su bienestar. En principio podría parecer que no existe relación alguna entre luchar contra un terrible sufrimiento y ayudar mínimamente a alguien. Sin embargo, sí cabe encontrarla en el hecho de que ser útil a un semejante da sentido a la propia vida. Si un padecimiento muy cruel puede conducir a desear la muerte, la comprobación de que la existencia tiene sentido con respeto a los demás da motivos para seguir en pie.

A todas y todos los sufrientes, que las ayudas amicales o profesionales les socorran con afecto, les alivien, les animen a seguir viviendo a pesar de todo.

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