En nuestro sistema social, cada día hay más personas mayores que viven solas a las cuales les pesa su soledad. Su día transcurre sin hablar con nadie, o apenas nadie. Si tienen suerte, quizás sus hijas, sus hijos; quizás sus nietas, sus nietos; pero ya no mantienen relaciones de amistad.  Han envejecido, y también las amigas y amigos. A todas y todos les cuesta salir a la calle. Hoy hace demasiado calor, hoy hace demasiado frío, hoy está lloviendo, hoy me duele mucho la rodilla. Y así hasta que aquellas reuniones amigables y reconfortantes se acaban para siempre.

Cuentan con el recurso de las llamadas telefónicas, desde el teléfono fijo o el móvil, pero lo cierto es que cada vez tienen menos que decir. Encerrarse en casa priva de experiencias. Aunque sí podrían comentar libros, artículos periodísticos, programas de televisión… ¡Bendito televisor, en ocasiones tan denostado y a fin de cuentas acompañante infatigable!

Las solitarias y solitarios a quienes les duele la soledad también podrían servirse de las redes sociales, si supieran cómo funcionan. He aquí el obstáculo. ¿Qué es eso que llaman Twitter, o Instagram, o WhatsApp? La soledad del aislamiento tecnológico es cruel. Es la de permanecer en un mundo antiguo, la de no participar en las comunicaciones virtuales, sea porque nadie les enseña, sea porque se resisten a aprender. 

No cabe equiparar las redes a las relaciones en persona. Sin embargo, pueden aliviar el vacío que nace entre las cuatro paredes del hogar de las personas provectas y solitarias. Cuando el carro de la vida ya va por el pedregal, dejando atrás la juventud y la madurez, sería deseable que a sus ocupantes se les proveyera del uso de las nuevas tecnologías. Para hacer menos pesado el camino final, para eliminar la soledad en medio de las redes sociales. 

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