Fuente imagen: http://blogs.ac-amiens.fr/let_convolvulus/index.php?q=Brontë

La fantasía cuando es intensa hasta ser pergeñada en novelas proporciona una doble vida a unas hermanas Brontë circunscritas al presbiterio de Haworth, en el condado inglés de Yorkshire. Existencia menesterosa, un estricto padre pastor protestante, huérfanas de madre, lectoras bien educadas, la imaginación les permitió volar lejos, sentir a la vez pasión, dolor y felicidad amorosa. Así fue en las novelas de Charlotte y Anne, que no en la de Emily, en la cual el amor no desemboca en un final feliz.

Las tres hermanas tuvieron que publicar sus libros con sendos pseudónimos masculinos, tal como requería la época, pero con su nombre auténtico o no, ellas superaron así la estrechez de su cotidianidad. La Jane Eyre de Charlotte participa de una tragedia, a la vez que vive un amor que de entrada aparece como imposible. Sin embargo, finalmente cuaja por medio de unas voces que llaman a la protagonista hacia su amado. La fantasía llevada hasta la exuberancia.

También Anne supo sobreponerse a su desalentadora ocupación de institutriz escribiendo su Agnes Grey, dotando a la protagonista de un amor que tarda en solidificarse, con la lentitud propia de aquel tiempo, pero que al cabo lo hace con tierna plenitud. A esta narración le seguirá La inquilina de Wildfell Hall, atrevida, enigmática, haciendo que la autora experimente imaginativamente una vida apasionante y muy distinta de la real.

La hermana mayor y la menor supieron brindarme subterfugios benéficos, que no así Emily, atormentada con los personajes de su Cumbres borrascosas. Orgullo, desdén, incomprensión y muerte configurando vidas desdichadas y amores insatisfechos. Cuando se sentaba ante su pupitre para escribir, no compensaba su monótona existencia con la fantasía de pasiones amorosas con final feliz. Su vida fue, pues, doblemente desdichada, hasta fallecer de tuberculosis muy joven, a los 30 años. La siguió Anne, también tuberculosa, siendo Charlotte la más relativamente longeva, muriendo en 1855, cumplidos los 39 años de edad.

Muertas prematuramente, escritoras convertidas en clásicas, conocidas ya por sus nombres auténticos, un triunvirato impregnado de fantasías para llenar muchas horas de espléndida lectura. 

 

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