Hace años, cuando le comenté a un amigo mío que estaba participando en las reuniones de un grupo de hombres, su respuesta  medio en broma y desde el desconocimiento fue algo así: “¿y de qué habláis, de fútbol?” En nuestra socialización como hombres, de una manera o de otra, el fútbol seguro que ha estado muy presente, porque tradicionalmente el fútbol “es cosa de chicos” aunque, como muchas otras, esta afirmación cada vez es menos verdad.

Más allá de si nos gusta el fútbol o si no nos gusta, más allá de si somos hinchas de la selección o si no nos quita el sueño el no pasar de octavos, más allá de las decisiones individuales, algo que no tiene discusión es que la realidad que se vive en el país sede del mundial de fútbol es una realidad violenta, que vulnera los derechos humanos, que castiga los derechos de las mujeres y de las personas del colectivo LGTBI y que va en contra de la libertad. Catar es un país que vulnera repetidamente los derechos humanos tal y como anuncia la organización Human Right Watch, y estos hechos son innegables.

Una de las características de las NAM es el rechazo total a cualquier tipo de violencia y su posicionamiento claro y activo en contra de ella. En Catar se vive en un régimen que ejerce una violencia de género estructural, que oprime a las mujeres  y que persigue al colectivo LGTBI. Un ejemplo de ello es la pena de cárcel por tener relaciones homosexuales que pueden llegar hasta la pena de muerte si son extramatrimoniales. Por muy futboleros que seamos, nuestro posicionamiento ante esta realidad es de denuncia y rechazo.

Aunque hay reacciones importantes, a nivel colectivo se ha perdido una oportunidad de oro para denunciar estos abusos con acciones más contundentes. En otro nivel más individual, este mundial en este contexto adverso puede convertirse también en una oportunidad para visibilizar y hacerse eco de estas injusticias y concienciar de que son reales ante los ojos del mundo. Ejemplos de ello son los múltiples “espontáneos” que saltan al terreno de juego para hacer visibles sus protestas; el gesto de los jugadores de Alemania en protesta por la prohibición de la FIFA a llevar el brazalete arco iris en defensa del movimiento LGTBI, o que cobren si cabe más importancia hechos como el  primer arbitraje de una mujer en un mundial de fútbol masculino.

Tenemos la libertad individual de poder elegir seguir o no el mundial, apoyar a una selección o a otra, ver los partidos en la tele o cambiar de canal, pero el posicionamiento en contra de la vulneración de los derechos humanos tiene que ser firme e inquebrantable. Las NAM, nos guste el fútbol o no, lo tenemos claro.

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