La heredera del trono de Bélgica se ha instalado en el campamento militar de Elsenborn para recibir instrucción militar. La princesa Isabel cuenta 18 años, y completará su formación castrense en la Real Academia Militar de Bruselas. Parece ser que esto constituye un requisito ineludible para que en su día sea proclamada soberana de los belgas. Obligatorio para un rey, obligatorio para una reina. Sin embargo, en ninguno de los dos casos parece verdaderamente necesario, puesto que ni el uno ni la otra han de verse involucrados en campo de batalla alguno, por supuesto. Más aún, ni siquiera han de ser los encargados de planificar estrategias ni de dar órdenes desde un despacho del cuartel general.

Absurda instrucción, pues, y reprobable adhesión belicista en una Unión Europea que doctrinariamente apuesta por la paz. El militarismo adoptado por la monarquía belga, ya trasnochada de por sí, como todas las persistentes, desafina en mayor medida cuando atañe a una mujer. Así es desde la perspectiva de que la igualdad de derechos de las mujeres con respecto a los hombres no debe pasar por imitar sus aberraciones, y no hay mayor aberración que la lucha bélica. Las mujeres soldado no representan en absoluto un avance.

Lo que cabe preguntarse en relación a Isabel de Bélgica es por qué no se le proporciona una educación más práctica que la militar. Recién acabado el bachillerato internacional, la princesa podría completar los estudios teóricos con formación en enfermería, por ejemplo, o en puericultura, o en…, cualquier actividad que la acercará más al pueblo, ese ideal redundante, que el aprendizaje armamentista.

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