De LindaRosaRN - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=31359627

Un 2 de marzo del año 1998 se producía un récord histórico, y muy representativo, para la ciencia. Emily Rosa, entonces una niña de 11 años, se convertía en las persona más joven de la historia en publicar una investigación en una revista científica médica con revisión por pares, la Journal of the American Medical Association (JAMA).

Este procedimiento es una forma de evaluación anónima, en la que dos o más personas afines al tema de investigación examinan el trabajo científico  para mantener los estándares de calidad, mejorar el rendimiento y proporcionar credibilidad. Por tanto, queda garantizado que la investigación de Emily Rosa tenía unos niveles muy altos de calidad científica.

El estudio que concibió y ejecutó trataba sobre el toque terapéutico (TT), una práctica alternativa, relacionada con el reiki,  en la que el o la terapeuta aproxima sus manos al paciente sin tocarlo y, supuestamente, es capaz de detectar su energía vital y  manipularla en alguna forma favorable para su salud. 

Esta práctica estaba muy en boga durante los años 90 cuando Emily vio un vídeo en el que varios profesionales afirmaban sentir esa energía y que con ello podían identificar y sanar enfermedades. Con esto, quedó muy impresionada y despertó en ella el deseo de saber si realmente “los profesionales podían sentir alguna cosa”. 

Por ello diseñó un estudio, en principio destinado a la feria de ciencias de su curso, mediante el cual  puso a prueba la capacidad de 21 profesionales del TT para detectar el campo energético humano (CEH) sin usar la vista. Para ello, cada practicante se sentaba en una mesa y pasaba sus manos a través de unas aberturas realizadas en una placa de madera. Al otro lado de la placa, Emily elegía aleatoriamente sobre cuál de las manos del practicante sobrevolaría su propia mano. Después, les preguntaba en cuál de sus manos detectaban el CEH. Cada participante tuvo diez intentos, pero en promedio la media acertada fue de solo 4,4. Antes de la prueba, algunos/as  participantes examinaron las manos de Emily y eligieron la que creían que producía el CEH más fuerte. Emily entonces usó esa mano durante el experimento, pero no tuvieron más éxito. Finalmente, los resultados mostraron que los y las practicantes del TT no eran capaces de detectar la mano más veces que la previstas por el azar. Así, Emily y los co-autores (entre los que se encontraban sus padres),  concluyeron que no existía evidencia empírica para el CEH y, por tanto, tampoco para el toque terapéutico. 

Así, una niña de nueve años, desde su curiosidad y su interés por la verdad, demostró que el TT era una pseudociencia. El que generara estas evidencias ha podido evitar que, desde entonces, muchas personas confiaran en esta práctica para sanar sus enfermedades y sufrimientos. En consecuencia, salió en varios medios de comunicación y se la comparó con el niño del cuento “El traje nuevo del emperador”, por ser valiente y sincera para revelar e investigar lo que nadie más se atrevía a decir, y así, dejar en evidencia el gran engaño.

Como dijo su padre en Time Magazine, “La edad no es importante. La buena ciencia es lo que es importante, y es buena ciencia”. Desde luego es buena ciencia cuando tiene impacto en la salud y la vida de las personas, pero, además, es buena ciencia porque parte de un interés real por hacer el bien en la sociedad,  y es realizada por una niña, que se convirtió en referente para muchas más. 

Para el éxito de Emily fue básica la confianza de sus padres y la promoción de la ciencia en su centro.Igual que ella, hay muchas niñas, y niños brillantes, con curiosidad, con ganas de hacer el bien y mejorar la sociedad. Está en nuestra mano que les ayudemos a sacar su potencial y promovamos su fascinación por la ciencia y por el bien común. Hagamos posible que exista más buena ciencia y más niñas y niños que se atrevan a manifestar lo que otras personas no son capaces de decir. 

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