En conmemoración de los 20 años de la apertura del Gran teatro del Liceo de Barcelona, después del incendio que acabó con el original edificio modernista del arquitecto y urbanista Miquel Garriga y Roca, dicho teatro está ofreciendo la misma ópera que no se pudo llegar a ver en el fatídico enero de 1994: “Turandot”. Desafortunadamente, las amantes de la ópera no hemos podido gozar de esta gran obra de arte de Puccini en toda su magnitud. Persiguiendo fama y reconocimiento, los responsables de la puesta en escena han pretendido superar la creación del maestro italiano, bajo el pretexto de innovar y provocar la reflexión sobre la sociedad actual a los espectadores y espectadoras. Su puesta en escena cambia el final de la obra cambiando el sentido de la trama operística para presentar el amor como acoso y el enamorado como acosador.
Pero el problema no es solo ético sino también artístico. Si voy a ver una exposición de cuadros de Picasso quiero ver el Gernika tal como él lo concibió, no un cuadro repintado por otra persona hasta el punto de cambiar su sentido.
Si las expresiones artísticas actuales no son capaces de ofrecer referentes de amor y belleza que contribuyan a la lucha contra la violencia de género, al menos debieran tener una actitud responsable no intentando destruir las obras de arte que sí lo hacen. Pero como la ética no acompaña siempre a las acciones humanas, apelo al sentido del ridículo de quienes intentan aparecer como artistas a costa de las grandes obras maestras aportando “innovaciones”, “transgrediendo” o “desmitificando” el auténtico arte. Y es que los juegos de luces de última generación, la indumentaria futurista y las acciones de los personajes totalmente incongruentes con el texto del libreto, resultaron ridículas al lado de la magnificencia de la música de Puccini y la belleza del texto de Adami y Simoni. Por suerte, resulta imposible superar a Puccini así que, una vez más… el amor triunfa sobre el orgullo y la maldad.
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