Recientemente, sobre todo a raíz de las últimas manifestaciones contra el acoso sexual y la violencia de género, con las campañas del #Metoo, la solidaridad con la víctima de la Manada o las últimas manifestaciones del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, el auge por el feminismo y por la inclusión de todas las voces en el movimiento no deja de ascender. Este crecimiento lleva consigo la preocupación social y de algunos medios de comunicación por dar voz a las víctimas y narrar sus casos sufridos, mientras que otros, respondiendo a intereses individuales o colectivos, prefieren silenciar a las víctimas o revictimizarlas.

El auge de las denuncias por motivos de acoso, abuso de poder o violencia ha sido tomado para algunos como una oportunidad para difundir informaciones no contrastadas o calumnias que atentan contra la imagen y la reputación de una persona o colectivo. Es por eso que a nivel internacional cada vez divergen más aquellos medios de comunicación que contrastan sus informaciones y buscan siempre el rigor, preocupados por las víctimas de violencia de género, de aquellos otros que prefieren la difusión de una noticia en forma de escándalo, aunque no esté contrastada, pensando más en el número de visitas que va a obtener el medio y no en las consecuencias que de su difusión puedan derivarse. Los grandes medios que han investigado tan a conciencia como el New York Times, el New Yorker, AP o el Washington Post denuncias de acoso, lo han hecho precisamente anteponiendo las consecuencias que aquello tendrá para las víctimas y para las personas que se denuncian al propio medio, con lo cual se consigue un mayor reconocimiento social al medio, a nivel ético y periodístico.

Cuando las denuncias están dirigidas a personas reconocidas a nivel social, por sus puestos de poder, los medios rigurosos estudian cada una de las consecuencias que aquello tendrá para todos y todas con el fin de hacer un periodismo que proteja siempre a las víctimas. El rigor periodístico contribuye enormemente a la disminución de la violencia de género, ya que permite generar precedentes de denuncia con evidencias protegiendo siempre a las víctimas y promoviendo que otras se atrevan a denunciar. En cambio, el periodismo amarillo, el del escándalo, perjudica gravemente la lucha contra la violencia de género, ya que se dedica a lanzar acusaciones no contrastadas pensando únicamente en su propio beneficio, lo cual genera rechazo a las víctimas y a las personas que se solidarizan con ellas, como sucedió con las acusaciones falsas contra Morgan Freeman.

Además de esto, es importante tener en cuenta el acoso sexual de segundo orden que estos medios promueven, atacando sin evidencias a aquellas personas que se solidarizan con las víctimas, negándose luego a hacer algo por reparar en lo posible los daños. Una vez se lanza el escándalo, raras veces se rectifica públicamente asumiendo el error y difundiendo la verdad del caso. Así es como las “fake news” solo sirven a unos pocos para mantener sus puestos de poder y proteger a los acosadores, alejando a las víctimas y a aquellos y aquellas que se posicionan con ellas. A medida que prioricemos el rigor informativo como lo hacen los medios más reconocidos a nivel internacional, más oportunidades se darán para luchas desde sectores diversos contra la violencia de género.

Secciones: subportada

Si quieres, puedes escribir tu aportación