Los datos sobre violencia contra las mujeres, sea del tipo que sea, nos dicen que las víctimas pueden ser de cualquier edad y condición. A partir de aquí podemos preguntarnos qué pasa con aquellas mujeres que no forman parte de los grupos estándar desde los que recogemos datos. Por ejemplo, las mujeres mayores de 55 años o las mujeres que sufren algún tipo de discapacidad o enfermedades mentales. 

A partir de esta cuestión y haciendo una revisión de la literatura científica sobre Violencia de Género, nos encontramos con cierta difuminación cuando se trata de víctimas mayores. De la misma forma podemos encontrarnos ante una menor representación en estudios o publicaciones científicas cuando hablamos de aquellas mujeres que por su salud o por la discapacidad que padecen se encuentran en situaciones de más vulnerabilidad. 

En el Informe sobre la situación de las mujeres de los grupos minoritarios en la Unión Europea (2003-2009) , elaborado por el Parlamento Europeo, se indica que Casi el 80% de las mujeres con discapacidad es víctima de la violencia y tiene un riesgo cuatro veces mayor que el resto de mujeres de sufrir violencia sexual. Así como las mujeres sin discapacidad son objeto de una violencia mayoritariamente causada por su pareja o ex pareja, las mujeres con discapacidad, el 85% de las cuales vive en instituciones, están expuestas a la violencia de personas de su entorno, ya sea personal sanitario, de servicio o cuidadores.

Según el Estudio sobre el tiempo que tardan las mujeres víctimas en verbalizar su situación  nos encontramos con que se considera que existe un 2% de mujeres mayores de 65 años en situación de violencia que han tardado una media de más de 26 años en denunciar su situación, y más de 14 las mujeres con discapacidad, mientras que la media de todas las mujeres se sitúa en torno a los 9 años. Según datos del microestudio 3017 de CIS, el 33% de mujeres de cada grupo de edad tienen acreditado niveles de discapacidad. 

En los datos presentados por la Macroencuesta de Volencia contra la Mujer de 2015  podemos ver cómo las mujeres de más de 65 años sitúan la violencia a la que están sometidas en un 3,8 cuando se trata de moderada y de un 8,3% la sitúan en severa. 

También sabemos que los efectos de la violencia pueden acarrear problemas graves de salud mental, por lo que se sitúa en una de sus causas.

Entre los estudios realizados sobre mujeres mayores y violencia de género podemos encontrar que ya en el año 2001, Hightower, en Canadá, publicó un estudio cualitativo en el que entrevistaba a mujeres mayores que habían padecido abusos y violencia identificando comportamientos y actitudes ante esa violencia y las barreras con las que se encuentran, como son el desconocimiento de los recursos o la desconfianza en su entorno más próximo. 

Es importante que pensemos en que la vida de estas mujeres puede comportar elementos que podemos destacar como factores de riesgo en los casos de violencia de género: el aislamiento y la dependencia, la mayor parte de las veces de su propio agresor. La atención individual de los servicios sociales, la atención médica o de otros profesionales de la salud que pueden detectar el riesgo queda intermediada por la persona agresora cuando esta es la pareja de la mujer. Es esta persona la que presenta el relato y desde la que se hace el diagnóstico cuando el nivel de dependencia es alto. A la vez, las amistades o el entorno social se va reduciendo y/o desapareciendo. 

La publicación del trabajo de Dathak, Dairyawan & Tariq nos lleva a abrir una vía hacia una intervención que se base en observar la madurez y la discapacidad como situaciones clave en el estudio de la violencia de género, de la misma forma que se ha alertado de otros momentos de vulnerabilidad de la mujer (embarazo  y otros). A la vez, nos invita a incorporar la perspectiva de la diversidad dentro de los grupos de mujeres así como la formación en violencia de género de las personas profesionales y la red social que las rodea.

Podremos ir superando la violencia de género si incluímos todas las voces en el debate feminista, tal como nos alentaba L. Puigvert con la publicación de Las Otras Mujeres, de la misma forma que podremos dar pasos enormes si no dejamos en el aislamiento a ninguna mujer y hacemos crecer  la solidaridad y la acción comunitaria desde la perspectiva de upstander.  

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