La inteligencia artificial se va imponiendo sin tregua, siendo los robots uno de sus más conspicuos paradigmas. Máquinas de creación humana en forma humanoide para fingir que ayudan como si tuvieran sentimientos; drones que vuelan en solitario con capacidad para hacer el bien o hacer el mal; automóviles inteligentes que no requieren conductor. La inteligencia humana falla en más de una ocasión; en cambio, se espera que la inteligencia artificial nunca falle. El robot cuidador no puede equivocarse al distribuir las pastillas que el enfermo a su cargo debe tomar; el dron no puede equivocar la trayectoria sea para hacer llegar un órgano a trasplantar, sea para bombardear con precisión; un coche autónomo no puede errar el camino, ni chocar, ni atropellar a nadie.

No obstante, sí pueden suceder tamaños errores. En tal caso, ¿quiénes serán los responsables, los culpables del desaguisado? Si un robot causa un herido, produce una o más muertes imprevistas, ¿deberán pagar las culpas los fabricantes, los informáticos, los usuarios encargados de ponerlos en funcionamiento? No cabe duda de que pedir cuentas al artificio resultaría redundantemente artificial.

Se trata de un escenario en el cual les corresponde un papel importante a las compañías de seguros. Entre los diversos interrogantes, surge también el de si están asegurados los robots, y el de si hay corporaciones dispuestas a tomarlos como clientes. Tampoco se dilucida quien tendría derecho a una compensación en caso de accidente. Hablar de responsabilidad civil por parte del robot suena a absurdidad. Entonces, a fin de cuentas, ¿el fabricante tendría que pagar o cobrar? Y otro tanto respecto del creador o ejecutor del software. Y del dueño del robot chapucero o del automóvil autónomo.

Cabe esperar, más bien exigir, que los cerebros humanos tan inteligentes como para inventar artificios a su semejanza también lo sean en otros dos términos, como mínimo. El de resolver la charada de las responsabilidades y, aún mejor, el de hacer que un robot nunca falle.

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