En el siglo XVII, Charles Perrault divulgó cultamente cuentos orales como La bella durmiente o Cenicienta. Doscientos años más tarde, nuevas versiones nacieron de los hermanos Grimm. Estas y otras narraciones antiguas acaban de ser expulsadas de la biblioteca de una escuela barcelonesa. Un anatema que se fundamenta en el carácter machista que llevan implícito. Tanto la durmiente como la fregona deben su liberación a sendos príncipes, del mismo modo que la irreflexiva Caperucita Roja se halla en manos de un cruel lobo del cual solo la salva un valiente cazador. 

Buena intención, no cabe duda, la que ha movido a la comisión de género del centro escolar a censurar tales cuentos de antaño, adverbio este que no han tenido en cuenta, aun siendo determinante. Relatos ficticios que resultarían inadmisibles en la actualidad forman parte de nuestra Historia, ilustran un tipo de sociedad que afortunadamente hemos superado. No es aconsejable privar a los escolares de conocer el papel subordinado que les correspondió a las mujeres durante siglos. No lo es ni en cuanto a la cultura ni en cuanto a la formación. Borrar el pasado conduce a la ignorancia; impedir que pueda reflexionarse sobre él cercena el progreso.

Parece más recomendable explicar los cuentos antiguos ubicándolos en su época, invitando a reconocer la ancestral desigualdad de género para al cabo valorar los avances logrados y exhortar a profundizarlos. Que los niños y niñas de hoy día lean los tradicionales cuentos de hadas no puede hacerles daño alguno sino al contrario, a menos que se sacaran de su contexto y no gozaran de ellos como antídoto.

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