Ha sucedido que un grupo de gitanos parisinos han tenido que emprender la fuga tras sufrir un asalto por parte de una caterva de gente local. Como un reflejo de los clásicos pogromos contra los judíos, falsas acusaciones provocaron su acoso. Antiguamente, los falsos rumores se transmitían oralmente; en la actualidad, las nuevas tecnologías actúan aún más rápido.

La historia se halla plagada de masacres en contra de los hebreos, y también, aunque en menor medida, de otros grupos étnicos, fueran minoritarios, rebeldes, pobres. Han sido campo propicio en el que descargar miedos, rabia, frustraciones, en el que cargar culpas. Plagas como la peste fueron atribuidas sin ningún fundamento a los judíos durante la Edad Media. La ignorancia y la superstición se han tomado como base respecto de la época oscurantista; más adelante, las motivaciones han adquirido caracteres racistas, religiosos, expoliadores.

De racista puede considerarse la difusión a través de las redes sociales de una execrable falsedad. Se acusaba a los gitanos de raptar niñas (parece que no niños) para el tráfico ilegal de órganos. Los aludidos, residentes en precarios campamentos al norte de París, se vieron obligados a huir por temor al linchamiento.

Una noticia falsa, fake news gusta ahora decir, que ha conducido al juzgado a cuatro personas acusadas de intervenir en el pogromo. Incidente que abona la urgencia de expulsar las falsedades de los medios de comunicación, con los tecnológicos en primera línea. Si ya resulta perniciosa la creciente falta de conocimientos y reflexiones, mucho más lo es la absorción de mentiras. Algunas tienen consecuencias tan palpablemente graves como la susodicha; todas, sin embargo, son peligrosas, aunque en ocasiones los efectos tarden en ser perceptibles.

 

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