La mayor parte de las conquistas sociales consolidadas en el siglo veinte y de las que gozamos actualmente tienen su fundamento en el siglo XIX. Fueron hombres, y mujeres mantenidas en la sombra por el patriarcado vigente, que miraron mucho más allá de lo establecido y fomentaron la conciencia de los derechos políticos, laborales y sociales concernientes a toda la población por igual.

Fue el siglo de la revolución francesa de 1848, la que, entre otros éxitos, redujo la jornada laboral a 10 horas y logró el sufragio universal masculino. El de la Comuna de París abriendo camino, a un alto precio, hacia el fin de la sumisión en silencio. Durante sus dos meses de existencia se proclamó la laicidad del Estado, se establecieron la autogestión de las fábricas desatendidas por sus propietarios, las guarderías para los hijos de los obreros, el perdón de alquileres no satisfechos, la derogación de los intereses bancarios. Fracasó y costó ni más ni menos que 10.000 muertes, pero sembró una semilla que iría fructificando.

Se trata de efemérides históricas que constan en todos los anales, a las cuales habría que sumar la crónica de otras agitaciones transformadoras que no deberían ser tenidas por menores. Cabe mencionar, por ejemplo, una revuelta muy cercana a nosotros y previa a las francesas de 1848 y 1871.  Ubicada en Barcelona en 1843 y conocida como la Jamància, se extendió de septiembre a noviembre; una vida corta, como la del resto de primigenias insurrecciones.

Lo que se pretendía era la transformación democrática del Estado español por medios tales como: eliminación de los impuestos para los artículos de primera necesidad y aumento para los de lujo, libertad religiosa y de imprenta, creación de asilos para trabajadores ancianos o para inválidos, reducción del ejército, eliminación de las dietas destinadas a la monarquía hasta la amortización de la deuda pública. La denominada Junta de Barcelona fue la impulsora, a la vez que propugnaba la formación de una Junta Central. Por supuesto que aristócratas y burgueses industriales se opusieron, a la par que las elites políticas españolas. El movimiento, aislado, fue aplastado en tres meses, causando 300 muertos, docenas de heridos y la abolición del proyecto progresista.

No obstante, dejó constancia, como los demás intentos a lo largo de la historia, de que el afán de justicia es inherente al ser humano en su mayoría. Por otro lado, las minorías contrarias a la libertad y a la equidad se han mostrado poderosas en el transcurso del tiempo, aunque cada vez con menos fuerza. Gran parte del mundo ya ha logrado implementar el progreso social por el que lucharon sus antecesores, con un siglo XIX especialmente activo, y no cabe duda de que el resto de habitantes del planeta también lo conseguirá.

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