Conocer el origen de la celebración de San Valentín puede ser útil para discernir sobre las imposiciones que se llevan a cabo durante este día y, a la vez, generar interacciones para que cada persona escoja celebrarlo o no como decida. 

Quienes reciben más imposiciones son sin duda las y los adolescentes. En las escuelas e institutos existe una presión palpable; por ejemplo, existen prácticas como la obligación de declararse, de darse un beso y también campañas ocurrentes donde se ataca el amor como causa de la violencia. Sobre esto último ya sabemos que las evidencias científicas dicen lo contrario, la construcción de relaciones de amor y amistad son fuente de felicidad y salud. Como también se sabe que la causa es a quien eliges, si es una persona violenta, evidentemente la relación será violenta. En cambio, la búsqueda del amor ideal, sea cual fuera su forma, pero libre de violencia, es un factor preventivo.

Es clave no coaccionar a nadie sobre cómo debe o no debe vivir este día y, si nos remontamos al origen de su historia, es precisamente un acto de celebración de la amistad, la libertad y el amor.

El primer documento escrito que evidencia la celebración del día de San Valentín fue el 14 de febrero del año 494 d.C. Desde entonces hasta 1969 la celebración estaba dentro del calendario litúrgico; luego se quitó por la opción de solo dejar aquellos santos y santas sobre cuyas vidas se tenían suficientes evidencias. La tradición señala a tres mártires con el nombre de Valentín ejecutados aproximadamente en el año 270, aunque es la historia de uno de ellos la que ha prevalecido a lo largo del tiempo y la que se celebra en la basílica de Terni que lleva su nombre. Sea leyenda o realidad, vale la pena conocer el relato.

Valentín era un médico de Terni que posteriormente se hizo sacerdote. Fue coetáneo del emperador Claudio II “El Gótico” quien prohibió a los soldados casarse para que no tuvieran “ataduras”. Valentín se opuso a esta prohibición, considerándola injusta y celebró matrimonios en secreto, a petición de las jóvenes parejas que así lo decidían. Valentín apoyó su libertad y, a través de la amistad que les unía, arriesgó incluso su vida para apoyar su deseo de unión. Claudio II lo encarceló. Hay varias versiones sobre lo que después sucedió, pero coinciden en destacar la historia de Julia y Valentín. Julia, que era la hija de uno de los oficiales, estableció una amistad bella con Valentín y lo acompañó hasta el día en que lo sentenciaron a morir. Tras su muerte, ella plantó un almendro en flor al lado de la tumba de Valentín, y se cuenta que, desde entonces, el almendro es símbolo de amistad y amor duraderos, como lo que sintieron Julia y Valentín.

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