La Dolores, edición Romero (1894), ilustración original de José Cuevas. Fuente: Biblioteca Nacional de España / Wikimedia Commons (dominio público). Imagen adaptada a formato apaisado con IA.

La Dolores suele recordarse por su célebre jota; sin embargo, esa jota es solo la parte más conocida de la ópera (1895) de Tomás Bretón. más de un siglo después, la obra adquiere una actualidad inesperada si se contempla desde una perspectiva feminista.

La protagonista no es destruida por lo que hace, sino por lo que otros dicen de ella. Un rumor sobre su vida sentimental, amplificado por una copla popular, basta para convertirla en objeto de sospecha, desprecio y violencia. La comunidad acepta la difamación sin exigir pruebas. Su reputación deja de pertenecerle y pasa a ser definida por quienes hablan de ella.

Vista desde el siglo XXI, la historia resulta sorprendentemente contemporánea. Hoy hablamos de slut-shaming, de violencia reputacional o de linchamientos públicos. El compositor mostraba ya cómo una mujer puede ser condenada socialmente simplemente porque un hombre decide desacreditarla tras ser rechazado.

La obra también retrata otra forma de violencia profundamente patriarcal: la pretensión masculina de posesión. Melchor no acepta que Dolores pueda decidir libremente a quién amar. El rechazo hiere su orgullo y desencadena una estrategia de control basada en la calumnia. No intenta conquistarla mediante el respeto, sino someterla mediante el descrédito.

La grandeza de La Dolores reside también en su música. Bretón no utiliza el folclore aragonés como un mero adorno costumbrista. Las jotas y las melodías populares representan una comunidad que canta, celebra y, al mismo tiempo, juzga. Frente a ese mundo colectivo, la orquesta acompaña el drama interior de Dolores con una intensidad que invita al espectador a ponerse de su lado. Así, la música termina haciendo justicia a quien la sociedad niega justicia.

Es cierto que La Dolores refleja también el machismo dominante en su tiempo. La trama gira alrededor del concepto de honra y la rehabilitación de la protagonista llega cuando un hombre reconoce finalmente su inocencia. Desde una perspectiva feminista contemporánea, puede criticarse que la verdad de Dolores dependa todavía de una voz masculina y que la resolución llegue mediante la violencia entre hombres. Hay quienes, al estilo de los talibanes que destruyeron los Budas de Bamiyán, quisieran destruir todo el patrimonio cultural, musical, pictórico por no encajar en sus ideas actuales. Pero el feminismo siempre ha valorado ese patrimonio y lo ha sabido recuperar para la igualdad y no violencia al mismo tiempo que ha criticado sus aspectos negativos.

En la actualidad, el público difícilmente identifica a Dolores con un ideal de honor femenino a la antigua usanza. Más bien la reconoce como víctima de una campaña de difamación, del control social sobre la sexualidad de las mujeres y de una audiencia que sustituye los hechos por los rumores. Ese mismo tipo de difamaciones seguimos sufriéndolas las chicas por rechazar acosos de hombres o de mujeres o por apoyar a menores presuntas víctimas de violaciones o de la antes denominada pornografía infantil (ahora materiales de abuso sexual infantil).

Quizá por ello, La Dolores ha recuperado vigencia. Más que una historia sobre el concepto machista de honor puede entenderse como una denuncia del enorme poder destructivo de la mentira cuando un linchamiento mediático decide creerla sin ni siquiera escuchar a quien la sufre. En ese sentido, la ópera de Bretón no solo pertenece a la historia de la música española; también dialoga con algunos de los debates feministas más importantes de nuestro tiempo.

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