Margarita Ferreras // Fuente: www. es.babelio.com/ y mejorada con ChatGTP

Su voz, de un erotismo panteísta y una audacia que desafió las costuras de la sociedad de la Segunda República, brilló con la fuerza de un relámpago para luego ser sepultada por la guerra, el estigma de la salud mental y el silencio de la posguerra.

Margarita Ferreras nació el 26 de febrero de 1900 en Alcañices, Zamora. Pronto demostró una sensibilidad y una independencia que la empujaron a abandonar el destino tradicional reservado a las mujeres de su época. 

En la década de 1920 se instaló en Madrid, allí se integró rápidamente en los círculos de la vanguardia. Frecuentó la Residencia de Señoritas, dirigida por María de Maeztu, y se convirtió en una presencia habitual en el Ateneo de Madrid y en los salones del Lyceum Club Femenino. 

El hito fundamental en la carrera de Ferreras llegó en 1932 con la publicación de su único poemario conocido: Pez en la tierra. El libro no vio la luz en una editorial cualquiera; fue impreso en La Verónica, la mítica imprenta regentada por su compañera de generación, la poeta Concha Méndez, y su esposo Manuel Altolaguirre. 

Pez en la tierra causó un impacto inmediato en la crítica. Mientras a las escritoras de la época se les solía exigir una poesía íntima, contenida y de tintes maternales, Ferreras rompió los moldes con un torrente de verso libre impregnado de erotismo, deseo carnal y una comunión mística con la naturaleza. En sus páginas, el cuerpo de la mujer no es un objeto de deseo pasivo, sino una fuerza telúrica:

El título del libro funcionaba como una perfecta metáfora de su propia existencia: el pez fuera del agua como símbolo de la asfixia de una mujer libre, creativa y sensual atrapada en una realidad que se le quedaba estrecha. El volumen incluía además una misteriosa dedicatoria a un «amor imposible», que muchos críticos han vinculado al intelectual Juan de la Encina.

La estela de Margarita Ferreras comenzó a difuminarse antes de que estallara la Guerra Civil. La poeta sufría crisis de inestabilidad psíquica. Su audacia y sus excentricidades empezaron a ser catalogadas bajo el prisma de la locura.

A diferencia de Concha Méndez, María Teresa León o Rosa Chacel, que partieron juntas al exilio americano tejiendo una red de correspondencia que mantuvo viva su memoria, Margarita se quedó en España. Con el estallido del conflicto en 1936 y la posterior instauración de la dictadura franquista, su rastro se perdió por completo.

Durante décadas, Ferreras se convirtió en una especie de «fantasma» literario. Corrieron rumores de que vagaba envejecida por las calles de Madrid, pero la realidad fue mucho más cruda. Su salud mental se deterioró gravemente y pasó sus últimos años recluida en sanatorios psiquiátricos, desvinculada de cualquier contacto con el mundo exterior. Investigaciones recientes sitúan su fallecimiento en torno a 1964 en Palencia, sola y completamente olvidada por el mundo cultural que alguna vez la aplaudió. 

Margarita Ferreras encarna la doble censura que sufrieron muchas de las creadoras de su tiempo: la política e ideológica provocada por la guerra, y la de género, que tendió un manto de silencio sobre las mujeres que se atrevieron a hablar del deseo en primera persona.

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