En el horror de los campos de concentración emergen figuras cuya humanidad y valentía desafiaron la maquinaria de la muerte nazi. Una de estas heroínas, a menudo olvidada por la historia oficial pero profundamente venerada por quienes sobrevivieron gracias a ella, es Luba Tryszynska. Conocida como “El Ángel de Bergen-Belsen”, esta enfermera judía polaca logró salvar la vida de más de cincuenta niños abandonados en uno de los peores campos de exterminio de la Segunda Guerra Mundial.
Nacida en 1918, en Polonia, su vida dio un vuelco trágico con la ocupación nazi. En enero de 1943, fue deportada junto a su esposo y su hijo al campo de Auschwitz-Birkenau. Su esposo y su hijo fueron enviados directamente a las cámaras de gas.
En diciembre de 1944 fue evacuada al campo de Bergen-Belsen, en Alemania. Una noche de invierno, poco después de su llegada, escuchó el llanto de unos niños fuera de su barracón. Al salir, descubrió a un grupo de cincuenta y cuatro niños abandonados a la intemperie en el gélido frío. Eran en su mayoría hijos de talladores de diamantes judíos holandeses, cuyos padres habían sido separados de ellos o enviados a la muerte. Los habían dejado allí deliberadamente para que murieran por congelación o inanición.
Luba Tryszynska convenció a las mujeres de su barracón para que la ayudaran a esconderlos. Usó sus conocimientos médicos y tenacidad para llegar a un acuerdo con las autoridades médicas del campo, para conseguirlo, argumentó que mantendría a los niños aislados y fuera del camino a cambio de un barracón para ellos.
Durante los dieciocho meses siguientes, Luba se convirtió en su protectora y proveedora. Junto a otra prisionera, Hermina Krantz, organizó una red de cuidados. Mientras Hermina limpiaba y mantenía el orden, Luba arriesgaba su vida a diario recorriendo el campo en busca de alimentos, ropa y medicinas adicionales.
Tras la guerra, Luba Tryszynska no los dejó solos; los acompañó personalmente de regreso a los Países Bajos.
Cincuenta años después de la liberación, Luba Tryszynska viajó a Ámsterdam para reencontrarse con aquellos niños, que ya eran adultos. La reina Beatriz de Holanda le otorgó la Medalla de Plata de Honor por Servicios Humanitarios.
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