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El presente artículo recoge el testimonio, la reflexión y el análisis en primera persona de Garazi López de Aguileta, una de las investigadoras afectadas por los hechos a los que se refiere. En este texto analiza el papel de las personas upstander, el apoyo recibido, la violencia aisladora y el doble rasero que identifica cuando algunas personas cambian de posición de poder.

Según lo que una periodista ha publicado, las personas que hoy nos atacan no quieren que las personas upstander que nos apoyan sigan comportándose con nosotras como se comportaron con ellas cuando eran ellas quienes denunciaban situaciones que consideraban injustas. En sus propias palabras, quieren evitar «comportamientos que podrían seguir produciéndose con integrantes más jóvenes». En la descripción que estas senior hacen de esos comportamientos encontramos precisamente lo que ellas hicieron con nosotras y que nunca nos han hecho ni a nosotras ni a ellas las personas upstander. Pero su frase entrecomillada es cierta, quizá la única que compartimos: lo que sí quisieron para ellas no lo quieren para nosotras.

Las upstander que hoy nos apoyan apoyaron también durante años a quienes ahora permanecen en el anonimato. Lo hicieron cuando ellas solicitaron ayuda porque afirmaban estar sufriendo situaciones de abuso o de trato inadecuado. Las escucharon, las defendieron y contribuyeron decisivamente a que pudieran desarrollar sus carreras académicas y profesionales. Ellas ocupan hoy posiciones muy elevadas y estables gracias a ese apoyo recibido cuando eran jóvenes precarias y se encontraban en una situación de vulnerabilidad.

La situación cambió cuando, en 2023 y 2024, fuimos nosotras quienes manifestamos estar sufriendo presuntos comportamientos inadecuados por parte de algunas de esas antiguas jóvenes precarias, ya convertidas en académicas consolidadas. Quienes entonces habían considerado maravilloso recibir apoyo de las upstander frente a quienes tenían comportamientos inadecuados con ellas dejaron de considerar aceptable que otras jóvenes precarias recibiéramos exactamente el mismo respaldo cuando eran ellas las que ahora tenían presuntos comportamientos inadecuados con nosotras.

A finales de 2024 se elaboró una normativa destinada a impedir la continuidad de esos comportamientos inadecuados. Desde ese momento, las ahora ya senior consolidadas pasaron a negar incluso que hubiéramos presentado quejas contra ellas y pasaron a atacar a las upstander que nos apoyan.

Resulta difícil no apreciar en ello un evidente doble rasero. El mismo apoyo que fue celebrado cuando ellas lo recibían pasó a ser objeto de crítica cuando nosotras fuimos las destinatarias. Por eso sorprende que se presente ese apoyo como si constituyera un comportamiento inadecuado. Durante muchos años criticaban con firmeza a quien consideraban responsable de un presunto abuso sexual contra una menor; sin embargo, desde finales de 2024 han pasado, según los hechos observables, presuntamente a colaborar con esa misma persona para cuestionar a las personas upstander que nos apoyan.

A quienes no tienen información veraz sobre este tema, su frase da la impresión de que quieren salvarnos. Son muchas las personas que han querido “salvarnos” a las mujeres jóvenes sin nuestro consentimiento. ¿Quién les ha dado permiso para intentar “salvarnos” y para atacarnos como nos atacan si no nos sometemos a esa voluntad suya?

No, gracias.

Ese fue el principio que permitió a muchas de las actuales académicas senior desarrollar sus carreras. Es el mismo principio que hoy reclamamos para nosotras. Si entonces era justo, también debe serlo ahora. Los relatos son muy fáciles de inventar; los hechos son muy claros y las pruebas de esos hechos también lo son. La coherencia exige aplicar los mismos criterios a todas las personas, con independencia de quién ocupe hoy una posición de mayor poder.

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