En este artículo de opinión, Ana Burgués pone el foco en una reflexión imprescindible a partir del caso de Dolores Vázquez y la injusticia mediática, judicial y social que se cometió contra ella. Su mirada invita a asumir responsabilidades y a repensar, con rigor, cómo evitar que vuelva a repetirse.
Estos días leemos la emocionante noticia de que Dolores Vázquez ha recibido, por parte del Ministerio de Igualdad, la Medalla a la Promoción de los Valores de Igualdad a la Mujer, en el marco del Día de la Visibilidad Lésbica.
Reivindicar la figura de Dolores Vázquez no es solo restaurar el daño que la sociedad le ha causado; es reconocer que lo que se le hizo no debería pasarle a nadie más. Es señalar que el sistema falló y que debe servirnos para reflexionar sobre cómo evitar que vuelva a ocurrir.
Podríamos preguntarnos quién condenó a Dolores. El jurado popular estuvo muy influido por el juicio mediático que se desarrollaba en paralelo a las evidencias. El aparato judicial difícilmente puede ser ciego o justo cuando está sometido a una fuerte presión política o mediática.
Para que no vuelva a pasar, es necesario reflexionar sobre por qué se la condenó. Como en otros casos, la mala praxis de cierto periodismo del fango —presente en medios de distintas líneas editoriales, tanto de “izquierdas” como de “derechas”— se ensañó con ella sin reproducir siquiera la carta en la que exponía su versión de los hechos. Ese mal llamado periodismo es el que impulsa linchamientos mediáticos, aplicando la llamada “pena del telediario”, que con frecuencia desemboca en la pena de banquillo.
Cuando las instituciones han sido cómplices, por acción u omisión, del daño sufrido por una víctima, no basta con pedir perdón: es necesario reparar, en la medida de lo posible, el daño causado y acometer los cambios necesarios para que no vuelva a repetirse.
¿Quién repara el daño? A pesar del reconocimiento público recibido, Dolores Vázquez sigue sin haber sido indemnizada por el tiempo que pasó en prisión por un crimen que no cometió.
Muy pocos medios han asumido públicamente su responsabilidad en el linchamiento mediático que sufrió. Son casi inexistentes las reflexiones sobre la posibilidad de que haya otras personas condenadas injustamente por delitos que no cometieron, fundamentados en denuncias falsas. Tampoco se cuestiona la credibilidad otorgada a determinados informes psicológicos como prueba. En las reflexiones observadas estos días no he visto que se plantee cuántas personas pueden haber sido señaladas, condenadas socialmente o incluso judicialmente a partir de prejuicios, relatos mediáticos y pruebas insuficientes.
Ninguna persona debería ser condenada por un crimen que no ha cometido. Hablar de Dolores Vázquez es hablar de justicia y de la necesidad de reflexionar, de manera colectiva, sobre todos los factores que influyeron para que hoy, como sociedad, tengamos que pedirle perdón.
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