Sentirse protegido/a por una persona adulta de confianza durante la infancia puede marcar la diferencia entre una vida marcada por enfermedades o una trayectoria más saludable, incluso tras haber sufrido abuso. Así lo concluye un estudio publicado en la revista científica Journal of Aggression, Maltreatment & Trauma y difundido por la University of Toronto, que analiza datos de más de 2.100 personas adultas indígenas en Estados Unidos.
La investigación, recogida por EurekAlert!, revela que las experiencias de abuso físico o sexual en la infancia se asocian con mayores probabilidades de depresión, enfermedades crónicas y dificultades cognitivas en la edad adulta. Sin embargo, la presencia de una figura adulta que generara una sensación constante de seguridad reduce significativamente estos riesgos. “Sentirse protegido durante la infancia amortigua el impacto fisiológico y psicológico del abuso”, señala la autora principal, Ashley L. Quinn .
El estudio muestra que más de una de cada cuatro personas participantes sufrió abuso físico y cerca de una de cada ocho, abuso sexual. Aun así, quienes contaron con relaciones de apoyo presentaron menores tasas de trastorno depresivo mayor y mejores indicadores de salud general. Según las y los autores, estas relaciones no son un factor “blando”, sino un elemento clave en la prevención de la salud pública.
Los hallazgos coinciden con datos de la World Health Organization, que advierte que el maltrato infantil está vinculado a problemas de salud a lo largo de toda la vida, y con recomendaciones de UNICEF, que promueve entornos protectores como estrategia esencial de desarrollo infantil.
El estudio también aporta una perspectiva centrada en la resiliencia de las comunidades indígenas, alejándose de enfoques basados únicamente en el déficit. Las y los investigadores subrayan que reforzar las redes de apoyo, la mentoría y la protección infantil no solo es una obligación ética, sino también una inversión en la salud futura
En un contexto global donde millones de niños y niñas siguen expuestos a la violencia, la evidencia apunta a una conclusión clara: las relaciones seguras en la infancia no solo protegen en el presente, sino que transforman el futuro colectivo hacia sociedades más saludables y equitativas.
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