Miembros del comité directivo de COTLA// Imagen de archivo ONU Mujeres/Aijamal Duishebaeva

Los hechos denunciados en Ozoro, en el estado de Delta (Nigeria), han provocado la indignación de la comunidad y una fuerte reacción institucional y social. Según la nota difundida por ONU Mujeres África, el caso recoge episodios recientes de violencia sexual contra mujeres y niñas en el contexto del festival de Ozoro. Organizaciones y autoridades nigerianas han descrito escenas de acoso, persecución y agresiones cometidas en público durante actividades vinculadas a este festival local.

Ante ello, el Council of Traditional Leaders of Africa (COTLA) ha emitido un mensaje contundente que rompe con cualquier intento de amparar la violencia bajo el paraguas de la costumbre, un discurso que se ha extendido mucho en redes sociales y que resulta muy dañino porque sólo contribuye a extender la creencia de que existen culturas en las que se acoge la violencia. El manifiesto, difundido por ONU Mujeres África, condena lo ocurrido e insiste en una idea clara: ninguna tradición justifica la violencia. Desde esa posición, los líderes tradicionales no sólo rechazan los hechos, sino que reclaman una respuesta inmediata basada en la justicia, la protección de las víctimas y la rendición de cuentas.

Este pronunciamiento es de un gran valor el cual radica precisamente en que sitúa la responsabilidad donde corresponde. No basta con lamentar lo sucedido: el mensaje reclama que se investiguen los hechos, que se identifique a los agresores y que se actúe contra toda práctica que ponga en riesgo a mujeres y niñas. En esa misma línea, distintas reacciones oficiales en Nigeria han recordado que la violencia sexual es un delito y que toda alegación debe ser investigada a fondo, sin excusas culturales ni silencios cómplices.

Lo ocurrido en Ozoro vuelve a evidenciar algo fundamental: cuando una comunidad, una institución o un liderazgo toleran la violencia, la tradición deja de ser cultura para convertirse en impunidad y barbarie. Por eso es tan importante que el manifiesto de COTLA apueste por otro camino: el de una autoridad tradicional alineada con la dignidad, la seguridad y los derechos de mujeres y niñas. Nombrar la violencia, condenarla sin ambigüedades y exigir justicia no es solo una reacción necesaria; es también una forma de liderazgo que puede contribuir a prevenir que vuelva a repetirse y la construcción de un mundo más libre e igualitario para todas las personas. 

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