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Cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, recordamos que los derechos de las mujeres no surgieron espontáneamente ni fueron concedidos sin resistencia. Son el resultado de siglos de luchas colectivas protagonizadas por diversas mujeres que se organizaron para reclamar igualdad, dignidad y reconocimiento en todos los ámbitos de la vida, con el apoyo también de hombres en este cambio social tan necesario.

El origen de esta jornada está profundamente ligado a los movimientos obreros y feministas de finales del siglo XIX y comienzos del XX. En fábricas, sindicatos y asociaciones civiles, muchas mujeres empezaron a denunciar las condiciones de explotación laboral, los salarios injustos y la exclusión de la vida política. En ese contexto surgieron las sufragistas, mujeres que defendieron con valentía el derecho al voto femenino y la participación política. Muchas de ellas fueron encarceladas o reprimidas por exigir algo que hoy consideramos básico: que las mujeres fueran reconocidas como ciudadanas con plenos derechos.

Gracias a aquellas luchas, millones de mujeres en el mundo pudieron acceder progresivamente a la educación superior, al mercado laboral en condiciones más dignas y a la participación democrática. Recordar el 8 de marzo es, por tanto, recordar a esas generaciones de mujeres que abrieron caminos para las que vinieron después.

Sin embargo, este día también nos invita a mirar el presente con honestidad. Aunque se han conseguido avances importantes, los derechos de las mujeres siguen siendo frágiles en muchos lugares del mundo, y en algunos contextos incluso están retrocediendo.

En este sentido, hoy es imprescindible dirigir la mirada hacia las mujeres y niñas que viven en contextos de conflicto armado, violencia estructural o graves restricciones de derechos. En distintos lugares del mundo -desde zonas de guerra hasta territorios donde se restringe la educación o la libertad de movimiento de las mujeres- millones de niñas ven interrumpida su escolarización, miles de mujeres sufren desplazamientos forzados, violencia sexual o la pérdida de derechos básicos. En los conflictos armados, las mujeres no solo son víctimas directas de la violencia, sino que también cargan con el peso de sostener a sus familias, reconstruir comunidades y mantener la vida cotidiana en medio de la destrucción.

Las organizaciones internacionales llevan años advirtiendo que las guerras tienen un impacto desproporcionado sobre las mujeres y las niñas. Cuando se destruyen hospitales, escuelas o infraestructuras básicas, son ellas quienes con frecuencia deben asumir más responsabilidades de cuidado en condiciones extremas. Cuando se limitan derechos civiles o políticos, suelen ser también las primeras en ver restringida su autonomía. Por eso el Día Internacional de la Mujer debe ser también un día de solidaridad global, de recordar que la igualdad no puede ser plena mientras haya mujeres privadas de derechos fundamentales.

Al mismo tiempo, el 8 de marzo nos invita a reflexionar sobre el propio movimiento feminista. El feminismo ha sido históricamente plural, diverso y en constante evolución. No pertenece a un grupo concreto ni puede ser apropiado por nadie en exclusiva. El feminismo es de todas las mujeres.

Nadie tiene autoridad para repartir credenciales sobre quién puede o no puede considerarse feminista. Las luchas por la igualdad han sido posibles precisamente porque mujeres de contextos, generaciones y experiencias diferentes han sido capaces de dialogar, construir alianzas para el beneficio de los avances de derechos de todas.

La historia demuestra que los mayores avances en derechos de las mujeres se han producido cuando el feminismo ha sido inclusivo, abierto y dialogante, cuando ninguna mujer se coloca por encima de otra y cuando se reconoce la diversidad s que existe entre nosotras.

Por último, es importante recordar que la lucha por la igualdad y contra la violencia contra las mujeres nunca ha sido una tarea de un solo grupo. A lo largo de la historia, ha habido mujeres y hombres que, desde su vida cotidiana y sus profesiones, han trabajado juntos para defender la dignidad y los derechos de las mujeres, así como para frenar la violencia. Del mismo modo, siempre han existido, y siguen existiendo mujeres y hombres que se han opuesto a estos avances y que tratan de frenarlos.

Reconocer esta realidad nos recuerda que la igualdad es una responsabilidad colectiva, que atraviesa generaciones, culturas y sociedades. El 8 de marzo es, por tanto, un día para recordar el pasado, mirar con atención el presente y reafirmar un compromiso común con el futuro: seguir construyendo un mundo en el que todas las mujeres y niñas puedan vivir con libertad, dignidad y derechos, y con el sueño de que ninguna niña ni ninguna mujer deba sufrir ningún tipo de violencia.

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