Nacida el 2 de junio de 1886, en México, Hermila Galindo fue intelectual, periodista, oradora, política y feminista en una época en la que reclamar derechos para las mujeres era considerado un escándalo moral. Su vida y su obra desmontan la idea de que el feminismo es una importación tardía o ajena a la historia latinoamericana: Hermila Galindo pensó, escribió y luchó desde México, para México y contra un sistema profundamente patriarcal.
Hermila Galindo se vinculó tempranamente al movimiento constitucionalista y fue una de las colaboradoras más cercanas de Venustiano Carranza. Sin embargo, su militancia política nunca anuló su pensamiento crítico. Al contrario: utilizó el espacio que le otorgaba la política para empujarla más allá de sus propios límites.
Mientras muchos revolucionarios hablaban de libertad, justicia y progreso, Hermila Galindo señaló una contradicción incómoda: ¿cómo podía llamarse revolucionario un proyecto que excluía sistemáticamente a la mitad de la población? Para ella, la Revolución no estaría completa mientras las mujeres siguieran relegadas al ámbito doméstico, privadas de derechos civiles y sometidas a una moral sexual opresiva.
En 1915 fundó la revista La Mujer Moderna, una auténtica plataforma feminista adelantada a su tiempo. Desde sus páginas defendió: el derecho de las mujeres a la educación, la participación política femenina, la igualdad jurídica, y, de manera especialmente audaz, la educación sexual y la autonomía del cuerpo femenino.
Este último punto le valió durísimas críticas. Hermila Galindo fue acusada de inmoral, indecente y peligrosa. Pero ella insistía: la ignorancia sexual no protegía a las mujeres, las condenaba. En una sociedad que exigía pureza femenina mientras toleraba la hipocresía masculina, su discurso resultaba profundamente subversivo.
En 1917, Hermila Galindo presentó una propuesta para que la nueva Constitución mexicana reconociera el derecho al voto de las mujeres. La iniciativa fue rechazada. No porque careciera de argumentos, sino porque el sistema político no estaba dispuesto a escuchar a una mujer que exigía igualdad real.
Aun así, Hermila Galindo no se retiró. En 1918 se convirtió en una de las primeras mujeres candidatas a un cargo de elección popular en México. Aunque no ganó, el gesto fue histórico: ocupar el espacio público también es una forma de lucha.
Hermila Galindo no fue una figura complaciente. No encajó en el modelo de mujer dócil ni en el de “heroína silenciosa”. Por eso fue marginada durante años de los relatos oficiales. Su feminismo no era ornamental ni simbólico: era político, radical y profundamente transformador.
Hoy, cuando hablamos de derechos sexuales, representación política, educación feminista o ciudadanía plena, muchas de esas discusiones ya estaban en la obra de HermilaGalindo hace más de un siglo. Recordarla no es solo un ejercicio de memoria histórica: es una forma de reconocer que nuestras luchas tienen raíces profundas y nombres propios.
Hermila Galindo Acosta murió en 1954, el mismo año en que las mujeres mexicanas votaron por primera vez en elecciones federales. No fue una coincidencia poética, pero sí una ironía histórica. Ella no llegó a ver plenamente realizados los derechos que defendió, pero ayudó a hacerlos posibles.
Hermila Galindo no pidió permiso. Y eso, todavía hoy, sigue siendo revolucionario.
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