A pesar de los compromisos internacionales, más de 138 millones de niñas y niños siguen trabajando en el mundo, según un Informe presentado por el Relator Especial de las Naciones Unidas sobre las formas contemporáneas de la esclavitud, Tomoya Obokata. El documento, titulado Peores formas de trabajo infantil: evaluación de los avances y de los obstáculos persistentes pone de relieve la urgencia de adoptar medidas con mirada feminista para abordar las causas profundas del problema: la pobreza, la desigualdad, la discriminación de género y el trabajo precario de las familias.
Obokata advierte que las niñas son especialmente vulnerables a las formas más invisibles y violentas de trabajo infantil, como la servidumbre doméstica o la explotación sexual y también dedica parte del informe a las empresas y cadenas de suministro internacionales, señalando que la complicidad empresarial sigue siendo una de las principales causas del trabajo infantil.
El Informe también aborda el papel de las tecnologías digitales que han ampliado la explotación infantil en línea, desde la pornografía hasta la sextorsión y el Relator propone que los Estados colaboren con las plataformas tecnológicas para desarrollar sistemas de vigilancia, denuncia y eliminación de contenidos abusivos, respetando siempre los derechos de las víctimas. En este sentido T. Obokata pide reforzar la cooperación penal internacional y utilizar herramientas innovadoras como la inteligencia artificial o la tecnología blockchain para detectar patrones de explotación.
En definitiva, y tal como declaraba el Relator Especial, la infancia no puede esperar. No bastan las leyes si no se actúa sobre las raíces del problema, entre otras, la pobreza, la desigualdad y la discriminación que lo perpetúan. Proteger a la infancia significa cuidar el presente y asegurar el porvenir: es reconocer que las niñas y los niños son el tesoro más valioso de la humanidad, la semilla del futuro y la fuerza que impulsa el avance de las sociedades. Erradicar las peores formas de trabajo infantil no es solo una meta moral, sino una condición imprescindible para el desarrollo, la justicia y la dignidad del mundo que queremos construir.
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